ELOGIO DE LA LENTITUD

Por: Dhyanamurti 

Elogio de la lentitud. Un movimiento mundial desafía el culto a la velocidad de Carl Honoré:

Boredom, la palabra inglesa que designa el aburrimiento, no existía hace ciento cincuenta años, y es que el hastío es una invención moderna. Si eliminamos todos los estímulos, nos ponemos nerviosos, nos entra pánico y buscamos algo, lo que sea, para emplear el tiempo.

¿Cuándo ha visto por última vez a alguien que se limitara a mirar por la ventanilla del tren? Todo el mundo está muy ocupado leyendo el periódico, absorto en un vídeo juego, escuchando música por medio de auriculares, trabajando con el ordenador portátil, charlando por el teléfono móvil…
En vez de pensar profundamente o dejar que una idea se cueza a fuego lento en el fondo de la mente, ahora gravitamos de manera instintiva hacia el sonido más cercano. En la guerra moderna, tanto los corresponsales en el campo de batalla como las lumbreras que están en el estudio, realizan análisis inmediatos de los acontecimientos en el mismo momento en que se producen.
Con frecuencia, sus percepciones resultan equivocadas, pero eso apenas importa hoy: en el país de la velocidad, el hombre que tiene la respuesta inmediata es el rey. Gracias a los datos aportados por los satélites y los canales de televisión, que emiten noticias sin interrupción durante las veinticuatro horas del día, los medios electrónicos están dominados por lo que un sociólogo francés denominó el fast thinker [pensador rápido], una persona que, sin detenerse a pensarlo un instante, es capaz de dar una respuesta elocuente a cualquier pregunta.
En cierto modo, ahora todos somos pensadores rápidos. Nuestra impaciencia es tan implacable que, como expresó sarcásticamente la actriz y escritora Carrie Fisher, incluso la gratificación instantánea requiere demasiado tiempo. Esto explica en parte la frustración crónica que burbujea bajo la superficie de la vida moderna. Todo aquello, objeto inanimado o ser viviente, que se interpone en nuestro camino, que nos impide hacer exactamente lo que queremos hacer cuando lo queremos, se convierte en nuestro enemigo. Así pues, en la actualidad el menor contratiempo, el más ligero retraso, el mínimo indicio de lentitud, puede hacer que a ciertas personas, por lo demás del todo normales, se les hinchen las venas de las sienes a causa del furor mal contenido.
Las pruebas anecdóticas están por doquier. En Los Ángeles, un hombre empieza a pelearse en un supermercado porque el cliente que le precede, tras haber pagado en caja, tarda demasiado en meter los artículos en las bolsas. En Londres, una mujer raya con un objeto punzante la carrocería de un coche que se le ha adelantado para ocupar una plaza de aparcamiento. Un ejecutivo acomete a una azafata cuando el avión tiene que pasarse veinte minutos dando vueltas por encima del aeropuerto de Heathrow antes de aterrizar. ¡Quiero aterrizar ya! — grita como un niño mimado—. ¡Ahora, ni un minuto más!
Un repartidor se detiene ante la casa de mi vecino y obliga al tráfico a detenerse mientras el conductor descarga una mesita. Al cabo de un minuto, la mujer de negocios de cuarenta y tantos años, al volante del primer coche detenido, empieza a agitarse en el asiento, a sacudir los brazos y a mover la cabeza adelante y atrás. Un lamento bajo y gutural surge de la ventanilla abierta del vehículo. Es como una escena de El exorcista. Temo que esté sufriendo un ataque epiléptico y bajo corriendo para ayudarla.
Pero cuando llego a la acera, resulta que simplemente está enojada por la detención forzosa. Asoma la cabeza por la ventanilla y grita sin dirigirse a nadie en particular: -Mueve el puto furgón o te mato, cabronazo-. El repartidor se encoge de hombros, como si ya tuviera una larga experiencia en tales situaciones, se sienta al volante y se marcha. Abro la boca para decirle a la mujer chillona que se tome las cosas con un poco de calma, pero el sonido de los neumáticos de su coche, que chirrían en el asfalto, ahoga mis palabras.
Ahí es a dónde conduce nuestra obsesión por la rapidez y el ahorro de tiempo. La rabia flota en la atmósfera: rabia por la congestión de los aeropuertos, por las aglomeraciones en los centros de compras, por las relaciones personales, por la situación en el puesto de trabajo, por los tropiezos en las vacaciones, por las esperas en el gimnasio… Gracias a la celeridad, vivimos en la era de la rabia.
Tras mi epifanía del cuento antes de ir a dormir en el aeropuerto de Roma, regreso a Londres con una misión: investigar el precio de la velocidad y las perspectivas de hacer las cosas más despacio en un mundo obsesionado por ir cada vez más rápido. Todos nos quejamos de nuestros horarios frenéticos, pero ¿alguien toma alguna medida para racionalizarlos? La respuesta es afirmativa. Mientras el resto del mundo sigue rugiendo, una amplia y creciente minoría está inclinándose por no vivir con el motor acelerado al máximo. En cada actividad humana imaginable, desde el sexo, el trabajo y el ejercicio hasta la alimentación, la medicina y el diseño urbano, esos rebeldes hacen lo impensable: crear espacio para la lentitud. Y la buena noticia es que la desaceleración surte efecto. Pese a las murmuraciones de Casandra de los mercaderes de la celeridad, resulta que hacer las cosas más despacio suele significar hacerlas mejor: salud, trabajo, negocios, vida familiar, ejercicio físico, cocina, sexo…, todo mejora cuando se prescinde del apresuramiento.
No se trata de una actitud nueva. En el siglo XIX, la gente oponía resistencia al apremio de acelerar. Y lo hacía de una manera que hoy nos resulta familiar. Los sindicatos exigían más tiempo libre. Los ciudadanos estresados buscaban refugio y restablecimiento en el campo.
Pintores, poetas, escritores y artesanos buscaban modos de preservar la estética de la lentitud en la era de las máquinas. Hoy, sin embargo, la reacción contra la velocidad está pasando a la opinión pública con más premura de lo que jamás lo hiciera. En la base popular de la sociedad, en las cocinas, las oficinas, las salas de conciertos, las fábricas, los gimnasios, los dormitorios, los barrios, las galerías de arte, los hospitales, los centros de ocio y las escuelas, muy cerca de usted, son cada vez más las personas que se niegan a aceptar el dictado de que lo rápido es siempre mejor. Y en sus numerosos y diversos actos de desaceleración se encuentran las semillas de un movimiento global en pro de la lentitud, que en el mundo anglosajón se conoce ya como movimiento Slow [movimiento lento].
Ahora es el momento de definir nuestros términos. En esta obra, las palabras rápida y lentamente hacen algo más que describir una proporción de cambio. Representan de forma escueta maneras de ser o filosofías de vida. Rápido equivale a atareado, controlador, agresivo, apresurado, analítico, estresado, superficial, impaciente y activo; es decir, la cantidad prima sobre la calidad.
Lento es lo contrario: sereno, cuidadoso, receptivo, silencioso, intuitivo, pausado, paciente y reflexivo; en este caso, la calidad prima sobre la cantidad. La lentitud es necesaria para establecer relaciones verdaderas y significativas con el prójimo, la cultura, el trabajo, la alimentación…, en una palabra, con todo. La paradoja es que la lentitud no siempre significa ser lento. Como veremos, a menudo realizar una tarea con lentitud produce unos resultados más rápidos.
También es posible hacer las cosas con rapidez al tiempo que se mantiene un marco mental lento. Un siglo después de que Rudyard Kipling escribiera acerca de mantener la cabeza en su sitio, mientras cuantos te rodean pierden las suyas, la gente está aprendiendo a mantener la serenidad, a conservar un estado de lentitud interior, incluso mientras se apresuran para terminar una tarea en la fecha fijada o llevar a los niños a la escuela sin ningún retraso. Uno de los objetivos de esta obra es mostrar cómo lo hacen.
A pesar de lo que digan algunos críticos, el movimiento Slow no se propone hacer las cosas a paso de tortuga. Tampoco es un intento ludita*, (*·Los luditas fueron grupos organizados de trabajadores ingleses que, entre 1811 y 1816, se propusieron destruir las máquinas, pues creían que eran las causantes de la disminución del empleo. N. del T.), de hacer que el planeta entero retroceda a alguna utopía preindustrial. Por el contrario, el movimiento está formado por personas como usted y yo, personas que quieren vivir mejor en un mundo moderno sometido a un ritmo rápido. Por ello, la filosofía de la lentitud podría resumirse en una sola palabra: equilibrio.
Actuar con rapidez cuando tiene sentido hacerlo y ser lento cuando la lentitud es lo más conveniente. Tratar de vivir en lo que los músicos llaman el tempo giusto, la velocidad apropiada.
Uno de los principales defensores de la desaceleración es Carlo Petrini, el italiano fundador de Slow Food [comida lenta], el movimiento internacional dedicado a la idea tan civilizada de que es preciso cultivar, cocinar y consumir los alimentos de una manera relajada. Aunque la alimentación es su principal frente de batalla, Slow Food es mucho más que una excusa para dedicar largo tiempo a las comidas. El manifiesto del grupo es una llamada a las armas contra el culto a la velocidad en todas sus formas: Nuestro siglo, que empezó y se ha desarrollado bajo la insignia de la civilización industrial, primero inventó la máquina y luego la tomó como el modelo de su vida. Estamos esclavizados por la velocidad y todos hemos sucumbido al mismo virus insidioso: vivir rápido, una actitud que trastorna nuestros hábitos, invade la intimidad de nuestros hogares y nos obliga a ingerir la llamada comida rápida.
Una tórrida tarde veraniega en Bra, la pequeña población piamontesa donde está la sede de Slow Food, me reuní con Petrini. Su receta para la vida tiene un sabor moderno que resulta tranquilizador.
—Si uno actúa siempre con lentitud, es un estúpido —me dijo—. No es eso lo que nos proponemos. Ser lento significa que uno controla los ritmos de su vida y decide qué celeridad conviene en un determinado contexto. Si hoy quiero ir rápido, voy rápido; si mañana quiero ir lentamente, voy lentamente. Luchamos por el derecho a establecer nuestros propios tempos.
Esta filosofía tan sencilla está ganando terreno en muchos ámbitos. En el lugar de trabajo, millones de personas se empeñan con éxito en conseguir un mejor equilibrio entre el trabajo y la vida. En el dormitorio, la gente descubre el placer del sexo lento, por medio del tantra y otras formas de desaceleración erótica. La idea de que la lentitud es mejor explica la enorme difusión que tienen los regímenes de ejercicio (desde el yoga hasta el Tai Chi) y la medicina alternativa (desde la herbología hasta la homeopatía), sistemas que abordan el organismo desde una perspectiva suave, oolítica. En muchos países se está renovando el paisaje urbano a fin de estimular a la gente a que conduzca menos y camine más.
Muchos niños también están apartándose del carril rápido, a medida que los padres aligeran sus compactos horarios. Como no podía ser de otro modo, el movimiento Slow se superpone a la cruzada antiglobalización. Los seguidores de ambos movimientos creen que el turbo-capitalismo ofrece un billete de ida hacia la extenuación, para el planeta y quienes lo habitamos. Afirman que podemos vivir mejor si consumimos, fabricamos y trabajamos a un ritmo más razonable. Sin embargo, del mismo modo que los antiglobalizadores moderados, los activistas del movimiento Slow no se proponen destruir el sistema capitalista, sino que tratan más bien de darle un rostro humano. El mismo Petrini habla de una globalización virtuosa. Pero el movimiento Slow va mucho más allá de la mera reforma económica. Al centrar la puntería en el falso dios de la velocidad, alcanza el corazón de lo humano en la era del chip de silicio. El credo de este movimiento puede reportar beneficios cuando se aplica poco a poco, por etapas. Pero el beneficio máximo del movimiento Slow sólo se conseguirá si vamos más allá y reflexionamos sobre nuestra manera de hacerlo todo. Un mundo realmente lento requiere nada menos que una revolución del estilo de vida. El movimiento Slow aún está formándose. Carece de sede social y de página web, no tiene un dirigente único ni un partido político que haga bandera de su mensaje. Muchas personas deciden ir más despacio sin tener conciencia de que su actitud forma parte de una tendencia cultural y no digamos de una cruzada mundial. Sin embargo, lo que importa es que una minoría cada vez más amplia prefiere la lentitud a la celeridad.
Cada acto de desaceleración es un empuje más hacia el movimiento Slow”.  (Carl Honoré).

Tercera parte del examen al Interesante libro de Carl Honoré (In Praise of Slow: How a Worldwide Movement Is Challenging the Cult of Speed).

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