Otra vejez es posible

El célebre neurólogo Oliver Sacks escribía recientemente en El País un elogio sobre la vejez de lo más alentador. Asegura que se siente muy contento de estar vivo y que, a sus 80 años, tiene la sensación de que la vida está a punto de empezar. La mayoría de sus contemporáneos tienen pésima salud, arrastran un montón de problemas médicos o ya han muerto. Él, sin embargo, mantiene la esperanza de vivir pletórico unos cuantos años más y su único deseo es continuar amando y trabajando, porque considera que son las dos cosas más importantes que puede hacer un ser humano. Aprovecho para recomendar, una vez más, dos de sus libros, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y, el que le proyecto internacionalmente, Despertares, la historia de un médico de un hospital psiquiátrico de Nueva York, en el que se basa la película protagonizada por Robert de Niro y Robin Williams. Este reciente artículo de Sacks es lo más estimulante que he leído sobre la vejez en los últimos tiempos.
Y para demostrar que otra vejez es posible, también sugiero la lectura de Tan frescas. Mujeres mayores en el siglo XXI, de Anna Freixas, doctora en Psicología por la Universidad de Barcelona y catedrática de la Escuela Universitaria en la Universidad de Córdoba. Con estas dos palabras, Tan frescas, se define el espíritu del libro cuya autora es una feminista sexagenaria que no pretende dar una imagen almibarada, pero tampoco dramática, del proceso de la vejez. Da gusto encontrar gente dispuesta a combatir prejuicios y dar una vuelta de tuerca a los tópicos más asentados en la sociedad. Envejecer no es sinónimo de decrepitud, discapacidad o deterioro. No tiene por qué estar indisolublemente unido al deterioro físico y mental, al aislamiento social, a la ausencia de sexualidad, a la falta de creatividad, a la dependencia y a la carencia de recursos. Se puede vivir hasta el final con intensidad, curiosidad y alegría, como Sacks y otros muchos personajes célebres o desconocidos cuyos ejemplos sobrepasarían este espacio.
Para no pecar de optimismo, debo añadir que el envejecimiento de las mujeres es más conflictivo que el de los hombres. “Las mujeres hemos tenido que sufrir al final de nuestra vida una última marginación”, escribe Rosa Regás en el prólogo de Tan Frescas. La sociedad imagina a esas “abuelitas” virtuosas que se dedican a hacer dulces para sus nietos, pero no le importa lo más mínimo que los abuelitos sigan siendo un poco “golfos”. En cuestiones sexuales, amorosas o estéticas, la sociedad es despiadada con la mujer de 60, 70 y 80 años y totalmente comprensiva con el hombre de su edad. Lo innovador de este libro es que nos convence de que las desventajas no son reales, sino consecuencia de siglos de prejuicios. Hay muchas ancianas resistentes que asumen riesgos, hacen ruido, son valientes, se ponen el mundo por montera y son capaces de seguir viviendo, siempre que la salud lo permita, con intensidad y curiosidad hasta el final de sus días.

Fuente: www.tiempodehoy.com

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