Entrevista con Wislawa Szymborska, Nobel para conocer

 “Si no me hubiese ganado el Nobel estaría más tranquila, sin esas montañas de cartas y todos esos problemas financieros con los bancos”
 
 
Por: Xavi Ayén  |  octubre 25, 2013
Las2orillas.co            
 
 
Hace frío. Hemos viajado al país donde los poetas “escriben con los guantes puestos” con un poemario de Wislawa Szymborska como única guía. En él leemos que los poetas, aquí, en el antiguo reino de Polonia, “cantan la vida sencilla de los pastores de focas” con “estrofas compuestas de alaridos estruendosos”. Si a alguien le invade la tristeza, no lo tiene fácil: “Quien quiera ahogarse debe de tener un hacha para horadar el suelo”. Nos han dicho que Cracovia, una de las ciudades más literarias de Europa, está repleta de escritores. Pero solamente buscamos a una. Características: mujer, 83 años y, desde 1996, premio Nobel de literatura. Vive aquí, en Cracovia, desde el año 1931.
 
 
“La conozco -nos dice Abel Murcia, director del Instituto Cervantes en Polonia, cuando le mostramos la foto-. He traducido su obra al español. ¿Una entrevista, dicen? Lo tendrán difícil, amigos: no le gusta nada hablar de ella”.
 
 
La pista Szymborska nos aleja del centro de la ciudad. Ningún turista se acercaría jamás al anodino bloque de pisos donde habita la poetisa. Este barrio humilde que ahora recorremos en taxi -el mismo donde vivía antes de convertirse en millonaria gracias a la Academia Sueca- se compone de altos edificios grises, comunicados entre sí por calles en las que han desaparecido todos los reclamos que atraen a los turistas a Cracovia, una de las ciudades más bonitas de Europa, patrimonio de la humanidad desde 1978. Ni el castillo real, ni el mercado de paños, ni la catedral de Wawel, ni la iglesia de Santa María -donde un señor toca la trompeta cada hora, durante las 24 horas del día-… Alrededor de Szymborska, lo que hay es hormigón y cemento. De los diez premios Nobel a los que he visitado, sin duda esta simpática abuelita nacida en la actual Kórnik en 1923 es la que vive en un lugar más austero.
 
 
A la mujer sencilla que nos abre la puerta, da la impresión, los 1,2 millones de dólares del premio le cayeron encima como una losa, cuando ya pasaba de los setenta años y tenía su vida organizada. “Decidí que, al menos, iba a mantener mi intimidad”, nos contará un poco más tarde, sentada en el sofá de su comedor. Se refiere siempre al Nobel como “la hecatombe” y, modesta, afirma que “sin la labor de  Anders Bodegard, mi traductor al sueco, no me lo habrían dado… Ahora estaría más tranquila, sin esas montañas de cartas que tengo que contestar y todos esos problemas financieros y gestiones con los bancos que antes no tenía. Por eso hago collages, para relajarme”.
 
 
Acceder a Szymborska no fue fácil. Y, una vez ante ella, acomodados en el sofá de su comedor, nos quiso dejar claras algunas condiciones:
 
 
-Primero, no me gusta hablar de poesía. Segundo, no me gusta hablar de Wislawa Szymborska, es decir, de mí. Tercero, no me gusta hablar de política. ¿Qué nos queda? Puedo hablar con ustedes de animales, de plantas, un poco del amor y un poco de la amistad. ¿Qué quieren tomar? ¿Coñac o martini? ¿Qué hace ahí ese señor? ¿Es fotógrafo? No me ‘dispare’ a las manos, por favor, las tengo horrorosas, me las rompí hace medio año. Ya no soy una persona para ser fotografiada. Hablando, todavía doy el pego, pero en las fotos…”
 
 
Mientras Szymborska se ríe y va a la cocina a servir los vasos, sentados en el sofá, miramos de reojo al director del Cervantes, nuestro intérprete, que pone cara de “ya se lo decía yo…”. Pero la dueña de la casa vuelve enseguida, con unos vasos bien cargados de aperitivo, y algo nos hace intuir que, finalmente, Szymborska no cumplirá su promesa y podremos entrevistarla como es debido. De momento, enciende un cigarrillo y nos felicita: “¿Ustedes no fuman? ¡Qué bien, así van a vivir mucho! Imagínense: yo ya tengo 83 años, fumando, así que ustedes… ¡Ja, ja, ja!”
 
 
La risa de Szymborska es contagiosa y juvenil, como de chiquilla traviesa. “Tengo muchísimos defectos, pero una virtud: la curiosidad por todo -revela-. Ese es mi motor. En mi discurso de aceptación del Nobel ya repliqué al Eclesiastés, que afirma que ‘no hay nada nuevo bajo el sol’. La vida es tan rica… todo está lleno de variedad”. De ahí que, en su poema inédito “Falta de atención” se riña a sí misma: “Ayer me porté mal en el cosmos. / Viví todo el día sin preguntar por nada, / sin sorprenderme de nada. / Realicé acciones cotidianas / como si fuera lo único que tenía que hacer”.
 
 

Su primer poema publicado fue Busco la palabra, aparecido en el suplemento literario del diario Dziennik Polski en marzo de 1945

Su primer poema publicado fue Busco la palabra, aparecido en el suplemento literario del diario Dziennik Polski en marzo de 1945
 
 
Nos muestra sus collages: pequeñas cartulinas hechas con recortes de diarios, de revistas, de folletos… Obras a caballo entre la ingenuidad y la agudeza que, para ella, suponen “una forma de descanso”. Se interesa por nuestro viaje desde España. Ella casi no viaja, nos cuenta: “Soy totalmente incapaz de aprender lenguas. Puedo leer, más o menos, alemán y francés pero no hablo más que polaco. Así, para viajar, dependo totalmente de la persona que me acompaña y no puedo entrar en contacto directo con la vida de ningún sitio, lo que me resulta frustrante. Mi juventud transcurrió en la época de la ocupación nazi, donde no se estudiaba nada, y mi segunda juventud fue con el comunismo, que no estimulaba mucho el contacto con el extranjero”.
 
 
El cercano campo de Auschwitz -una de las mayores atracciones turísticas de la zona-  le recuerda a Szymborska aquellos primeros años 40 en la Cracovia ocupada, cuando “los alemanes impedían a los polacos acudir a la escuela pública” y ella tuvo que seguir clases clandestinas mientras trabajaba en una compañía ferroviaria para evitar ser destinada a un campo de trabajo. Aquí en Cracovia duele más que en otros lugares la indiferencia europea ante la suerte de los polacos, porque -no hay más que pasear por sus calles- es una ciudad de Europa central, como Praga o Viena, mientras que Varsovia, la capital, resulta de algún modo más cercana a la Europa del este.
 
 
El Nobel a Szymborska en 1996 fue totalmente imprevisto. Todavía estaba vivo otro cracoviano ganador del premio, Czeslaw Milosz (1980), y muy reciente el recuerdo de otro galardonado polaco, Isaac Bashevis Singer (1978), que escribía en yiddish. Szymborska solamente tenía publicados una decena de delgadísimos libros, muy poco en comparación con otros aspirantes de su mismo país. En muchos lugares, como España, ni siquiera había sido traducida. Y no era tampoco la escritora polaca internacionalmente más popular, puesto en el que rivalizaban Stanislaw Lem, el autor de “Solaris”, y Ryszard Kapuscinski.
 
 
La brevedad sigue siendo lo suyo. Dentro de unos meses, se publicará en España “Dos puntos” (Igitur), otro pequeño poemario (80 páginas, a las que hay que descontar 26 de introduccion), que ha tardado unos años en ver la luz. ¿Siente que escribe poco? “No trabajo todos los días -confiesa-, no soy nada disciplinada”.
 
 
Que nadie piense que esta poetisa se aísla del mundo. “Todo es política, incluso los poemas no políticos lo son”, admite. La actualidad -“palabra que no me gusta nada”- ha penetrado a menudo en las páginas de Szymborska. En “Instante”, su anterior libro, de 2002, escribió un poema sobre el atentado contra las Torres Gemelas (“Fotografía del 11-S”), centrado en las víctimas que se arrojaron al vacío desde lo alto de los rascacielos: “Quería fijar ese instante, vi una foto en una revista, con esas personas congeladas en su vuelo hacia la muerte, con las llaves y otros objetos cayéndoles de los bolsillos, y quise hacer lo mismo en un poema, congelar ese momento, para mantenerlos con vida. Cualquier poema es eso: un instante”. Pero ya décadas antes, se había ocupado del terrorismo, con “Un terrorista, él observa” (1976), centrado en qué sucede durante los minutos previos a un atentado: “La bomba explotará en el bar a las trece veinte./ Ahora apenas son las trece y dieciséis./ Algunos todavía tendrán tiempo de salir. / Otros de entrar…”. “Esa es mi forma de hablar de política -explica-. No me gusta la ‘actualidad’, pero sí aquellos aspectos de la realidad que, a pesar de que hayan acabado de suceder, ya sabemos que son historia pura, mucho más que una noticia del día, cuestiones que nos persiguen desde Caín y Abel. Escribí críticamente sobre el terrorismo, en una época en que en mi país los terroristas eran considerados como héroes, personas honradas y dignas de elogio”.
 
 
Pero, a la que uno se despista, la conversación huye de los cánones periodísticos y se desvía a lo poético. “¿Cómo veo el mundo de hoy? Lo mejor es mirarlo desde el espacio -afirma, gesticulando como si pudiéramos planear por las galaxias-. Hasta el siglo XX, era un planeta azul que giraba silenciosamente por el universo. Pero, en estos momentos, es una bola que hace un montón de ruido, ¿no lo oyen?, está hablando todo el tiempo, es escandalosa, ¡una bola charlatana con un montón de palabras! Hay un montón de información, que en dos minutos recorre todo el planeta pero, si se fijan, son tonterías absolutas, informaciones que no tienen ninguna importancia”.
 
 

Entre sus obras más destacadas se encuentras: Llamada al Yeti (1957), La sal (1962), Cien alegrías (1967), Todo caso (1972), Gran número (1976) y Gente en el puente (1986), hasta llegar a Fin y principio (1993).
 

Entre sus obras más destacadas se encuentras: Llamada al Yeti (1957), La sal (1962), Cien alegrías (1967), Todo caso (1972), Gran número (1976) y Gente en el puente (1986), hasta llegar a Fin y principio (1993).
 
 
Y nos cita un ejemplo “de mi propia experiencia. A menudo, cuando voy a algún sitio, me ponen un micrófono en la boca, porque ha sucedido algo en cualquier parte del mundo y me preguntan: ‘¿qué piensa usted sobre esto?’. Siempre respondo lo mismo: ‘Tengo que pensarlo’. ‘No, no -me dicen-, lo necesitamos ahora’. ‘Necesito tiempo para reflexionar sobre ello, tal vez mañana pueda responderles’. ¡Y nunca lo aceptan! Que alguien se tome un día para pensar qué dice sobre algo importante está fuera de su lógica. Hay mucha gente que acepta dar esa respuesta inmediata, y a menudo se trata de frases estúpidas. Soy de esas personas que todavía creen que todo debe ser pensado un poquito, y que la primera impresión no siempre es la más acertada, la más coherente y la mejor. De hecho, escribo de la misma forma: tengo que andar, pensar, darle vueltas, ir de un sitio a otro…”
 
 
Aunque poco, se pronuncia de vez en cuando sobre política. Se la sabe opuesta a la visión nacionalista y católica de los hermanos gemelos Kaczynski (uno presidente, el otro primer ministro). “La situación política en la que vivimos no me entusiasma, ni mucho menos -confirma-. Jamás pude imaginar que los tiempos actuales iban a ser como hoy”. Hablamos de los condicionantes históricos que alimentan los demonios de Polonia: es este un país que ha sido borrado del mapa varias veces, y castigado por la Alemania nazi y la Rusia comunista, por lo que en el ADN de todo polaco anida una legítima desconfianza tanto hacia Bruselas como hacia sus vecinos.
 
 
Ella no abraza el nacionalismo, “pero es que ni siquiera el ecologismo. ¡Cero ismos! No deberíamos someternos jamás a las ideas del grupo. No se puede ser ese insecto clavado en un corcho con una agujita y una etiqueta debajo. Es mejor poder seguir volando”. “Al principio -continúa-, yo admiraba el sistema comunista y escribía poemas de realismo social. Pensaba sinceramente que era una forma de liberar a la gente, había vivido la ocupación nazi, el odio en todo su esplendor, y sentía que era necesario todo lo contrario: amar mucho a la gente, y el comunismo significaba eso, un gran amor hacia todos, sin distinciones de ningún tipo. Después entendí que a la humanidad no había que amarla, en absoluto, ¡no se lo merece! Hay que apreciar y sentir lo que le sucede a la gente, experimentar empatía hacia ellos, y con eso basta. Por desgracia, de esos grandes amores a la humanidad siempre surgen las peores cosas, auténticos infiernos”.
 
 
En uno de los estantes de su biblioteca, reposa el “Quijote”. “¿Qué les parece a ustedes? -nos pregunta-, creo que es una obra maestra, pero que ha cambiado mucho con el tiempo. Cuando se publicó, hace más de 500 años, era un libro enormemente divertido. En estos momentos, al menos para mí, es un libro triste. Cuando lo cierras, lo que queda en el alma del lector es un poso de amargura. Es como si el humor hubiera envejecido, ¿verdad?”.
 
 
Precisamente, muchos de los poemas de Szymborska son relecturas de la tradición: pinturas, libros, paisajes conocidos que ella mira desde un nuevo ángulo. “Le digo al lector: ‘Fíjate en este detalle’. Intento mostrar que la vida es infinitamente rica, incluso en las cosas que parecen más evidentes. Todas las cosas tienen como mínimo seis puntos de vista: desde los cuatro lados y desde arriba y desde abajo”. Se ríe de las interpretaciones que hacen de sus poemas: “Por ejemplo, cuando en mi poema sobre el yeti dicen que se trata de Stalin, o cuando intentan analizar qué simboliza una piedra. ¡Nada! El yeti es el yeti y la piedra es una piedra. Hay una costumbre excesiva de leer entre líneas, de buscar mensajes secretos. Mi poesía no esconde nada. El día que quiera criticar a los gemelos Kaczynski, los llamaré por su nombre, no los compararé con Rómulo y Remo”.
 
 
A pesar de la omnipresencia de lo católico, ella no es creyente y define a la religión como “la ilusión más elevada de todas las que tiene la gente. No soy una atea militante. Me gusta más plantear preguntas que dar respuestas. Mi divisa es: ‘No sé’. Y ya veremos… Todos veremos. Ninguno de nosotros tiene mecanismos para poder saber qué sucede después de la muerte. Las cosas que no se saben son las que convierten la vida en algo fascinante”.
 
 
Los animales son a menudo protagonistas de sus versos. Ella, que no tiene “porque esto es un pequeño piso en la ciudad”, opina que “no hay poesía sin animales, plantas o piedras, porque estamos todos juntos en la Tierra. Me interesa el trabajo de la naturalista Jane Goodall, que ha estudiado a los monos como individuos y ha descubierto en ellos singularidades como las que nos distinguen a los seres humanos. Todos somos siempre diferentes”. Los niños polacos recitan en las escuelas su poema “Un gato en un piso vacío”, y ella nos descubre ahora que “ese gato -que debe acostumbrarse a vivir en un piso donde ya no está su amo, muerto- es una herida grande en mi corazón. Ahí hablo del dolor por la pérdida de mi compañero, mi gran amor, el poeta Kornel Filipowicz, fallecido en 1990; no es sólo el gato el que está triste sino también yo. Pero, bueno… estoy hablando muchísimo de mí misma, y eso es muy raro. En mi vida hubo varios amores, los de juventud, mi primer marido, Adam Wlodek… Cada amor fue distinto. Sigo siendo amiga de aquellos que todavía viven, porque siempre ha habido algo en cada caso que vale la pena recordar”.
 
 
Le gusta definirse, coquetamente, como antigua, pero tiene muchísimos seguidores jóvenes. Podríamos decir que, hace 35 años, ya era moderna, cuando, por ejemplo, dedicaba un poema (“Prospecto”) a “la piedad química”, antes de la irrupción masiva de las drogas de diseño en las discotecas: “No tienes más que ingerirme, / ponme debajo de la lengua, / no tienes más que tragarme, / con un sorbo de agua basta. (…) ¿Quién dice / que vivir requiere valor? / Dame tu abismo, / lo acolcharé de sueño…”. ¿Son esos poemas los que le ponen en contacto con la juventud? “Tengo contacto con los jóvenes -admite-, hablo con ellos de muchas cosas. Pero los jóvenes que yo recibo son buenos chicos: estudian un montón y reflexionan sobre el mundo. Los más folloneros no me resultan tan cercanos. A mí me interesan más aquellos que hacen ‘lo que hace todo el mundo’ y parecen invisibles. ¡Me resultan fascinantes!”.
 
 


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