La pasión por los libros


 
Hay dos imágenes que me acompañan desde hace tiempo, su profundidad y complejidad, su significado vibrante y sobrecogedor va más allá de mi simple interpretación de ellas. En una podemos ver a un niño leyendo entre las ruinas de una librería londinense que no hace mucho sufrió los estragos de uno de los bombardeos de la aviación alemana. En la otra vemos a una mujer negra, con el torso desnudo, sentada leyendo en medio de la destrucción que dejó el terremoto de 2010 en Haití. Las dos imágenes son perturbadoras. En la primera se conjuga el horror de la guerra, la inocencia del niño y la concentrada atención con la que lee. Hasta los libros han caído en la vorágine de esta catástrofe, pero hay por lo menos un libro que ha sido rescatado por la pasión lectora del niño. La segunda es casi dolorosa; conjuga la desolación del paisaje, la desnudez de la mujer, y la absorta tranquilidad con la que lee. No sabemos quiénes son, desconocemos su historia y hasta sus nombres; no sabemos qué estaban leyendo, un buen libro o un mal libro, una novela o una guía telefónica; en realidad tampoco nos importa. Sabemos que estaban leyendo, en medio de la muerte, del caos, del dolor; en medio de la destrucción, leen, y por eso los sentimos cercanos, sentimos que compartimos un vínculo con ellos, sentimos que los entendemos. 

¿Ellos leen para escapar del mundo que los rodea? ¿Son unos cobardes huyendo de la realidad? Creo que no. Creo que sentimos que lo de ellos no es un acto de cobardía sino de valentía. No la valentía instantánea de quien se lanza contra el enemigo en un acto fulminante, sino la valentía de quien sigue buscando algo que es esencial, algo que es profundo, algo que tal vez está más allá de las circunstancias que nos impone la realidad inmediata que nos rodea. Lo sentimos así porque eso son los libros: un símbolo de esa búsqueda. Nos sentimos hermanos de estas personas sin importar qué leen o cuál es su historia porque reconocemos en ellos esa hambre, esa ansia, esa necesidad que a nosotros también nos devora. Vivimos resolviendo este infinito misterio que llamamos vida, y por alguna razón sentimos que en los libros se encuentra sino no la respuesta, al menos un indicio de ella. La palabra siempre nos llama, en las situaciones más inauditas, en los momentos más inesperados. Somos lectores.

Hay que definir en qué consiste esto de ser lector. No es simplemente alguien que lee. Ya todos conocemos el concepto del analfabetismo funcional: personas que sabe leer y no leen. No podemos decir que alguien es un lector porque lea un texto de la misma forma que no podemos decir que alguien sea un borracho porque se toma una cerveza cada viernes. Sin embargo considero que al lector no lo define simplemente el hábito. La frecuencia de los libros afila nuestra mente como la frecuencia del entrenamiento afila el cuerpo del deportista, pero es esa curiosidad intrínseca, esa sed esencial, esa necesidad de buscar y de entender lo que hace a un lector. Creo que empezamos como caminantes. Asistimos al mundo como a un derrotero que hay que recorrer. Recorremos palabras, miradas, recorremos historias, pero siempre seguimos avanzando. Vivimos en una perpetua incertidumbre. En alguna parte está escondido un libro que debo leer, que dice algo imprescindible, en algún lugar hay un camino que debo recorrer y no he recorrido; una persona, sin saberlo, me espera para decirme lo que necesito oír. Por ello leo, escucho, converso, camino y busco. Con todas las cosas que encuentro voy construyendo esto que creo ser. Confieso que vivo en un permanente estado de adulterio literario, mi promiscuidad consiste en enamorarme de un texto o un autor o un género y luego de otro y otro, y así se me van acumulando amores y letras; a veces incluso tengo la impresión de que algunos libros son celosos y exigen dedicación completa, mientras otros se gozan la orgía bibliográfica, y parecen reír y cantar, enriquecerse con voces insospechadas que nacen del contacto de los textos más disimiles y heterogéneos. Yo por mi parte soy el feliz lugar de sus encuentros. Por eso no me gusta que me pregunten cuál es mi libro favorito. Eso es como preguntar cuál es el diente favorito que uno tiene en la boca o cual de mis órganos internos quiero más. Los libros van armando ese rompecabezas que somos, se van acomodando a su capricho en nuestra vida. Privilegiar uno sobre los demás es privilegiar un latido de nuestro corazón sobre otro, una parcela de nuestro ser sobre otra. Yo creo que existen algunos libros que nunca dejamos de leer en los rincones de nuestra mente, incluso hay libros francamente malos pero con pedazos asombrosos que se nos han quedado pegados, y también autores, ramas literarias completas que seguimos habitando. No me gusta que me pregunten por mi libro favorito porque vivo en todos ellos y a todos los necesito para ser quien intento ser. No me gusta que me pregunten por mi libro favorito porque todos viven en mí y no puedo prescindir de ninguno de ellos para vivir.

Sentimos pasión por los libros. Hay que recordar que la palabra "Pasión" viene del latin "Passio" que significa "Sufrimiento" (por ello se habla de "La Pasión de Cristo") y tal vez lo que llevamos es un dolor que tratamos de calmar llenándolo con palabras, con historias, con símbolos. Pero no es sólo eso. No somos una antología errante de retazos que piensan. No se trata sólo de acumular símbolos, de catalogar historias propias o ajenas, se trata de encontrar su sentido. No somos sólo caminantes, somos lectores. Creo que en gran medida lo que nos atrae de los libros es que están construidos para tener sentido. Pensamos que todo el dolor que llena nuestras vidas puede justificarse si tiene un sentido. Por eso en los libros abundan las historias en las que es necesario resolver un conflicto. El dolor necesita tener sentido para ser justificable, la felicidad no necesita justificación y por eso las historias suelen terminar en un final feliz, no porque la felicidad sea el termino natural de toda historia, sino porque sobre la felicidad no hay mucho que decir, ella se justifica por sí misma. La palabra es una herramienta para darle sentido a lo que tal vez no lo tiene. Leemos para encontrar ese sentido. 

Pero tampoco nos detenemos allí, somos caminantes y somos lectores, pero tarde o temprano todo lector termina escribiendo. Ya decía Hermann Hesse que escribir malos verso depara más felicidad que leer los más bellos. Y el ejemplo es perfecto porque es la poesía la que sirve de puerta de entrada a la literatura. Usualmente los lectores empiezan su camino de escritores jugando a la poesía. ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué no nos basta con leer y necesitamos empezar a escribir? Naturalmente empezamos imitando a nuestro autor favorito. Probablemente incluso sea nuestro autor favorito porque fue el que nos llevó a ese punto en el que necesitamos escribir. ¿Creemos que lo haremos mejor? No, definitivamente no, pero igual lo hacemos, empezamos a escribir en algún momento porque empezamos a necesitarlo, y probablemente ellos, nuestros escritores, también empezaron así. Creo que es un fenómeno natural. Creo que esa necesidad surge cuando empezamos a tratar de leer nuestra vida como leemos las historias que encontramos en los libros. Un escritor es alguien que lee el mundo como quien lee un libro: tratando de entender, de encontrar un sentido, y no lo encuentra porque el mundo no lo tiene. No le queda entonces más remedio que inventarle un sentido al mundo. Es entonces cuando llega la escritura. 

No sé si ese sea el mismo desarrollo que otros han tenido. Caminante, lector y creador. Tal vez no sea ni siquiera lo que me ha pasado a mí. Quiero creerlo, e intuyo que otros han vivido lo mismo. No me atrevo a llamarlo una “evolución” porque no son etapas sucesivas y definidas. Sigo siendo un caminante, nunca dejaré de ser un lector y apenas si me atrevo a insinuar que soy un creador; probablemente no uno muy bueno, pero definitivamente creo que lo soy. Sospecho que vendrán otras cosas más adelante, no me atrevo a imaginar qué, o me atrevo a imaginarlo pero de una forma fantástica, de hecho estoy escribiendo un libro sobre eso, o al menos pensando en eso, ya sabemos que los libros no siempre andan por donde el autor quiere que vayan. Sé que cada lector tiene su propia historia, pero quisiera descubrir ese momento, ese factor que nos ha llevado a ser lectores. Quisiera conocerlo para esparcirlo, para recrearlo. Hace poco comentaba con un amigo (también un lector) lo triste que es que la mayoría de las personas consideren que la lectura es algo ornamental, apenas una distracción para llenar las horas muertas, o para conversar en las reuniones sociales. Son los mismos que creen que la pintura es para decorar paredes y la música para poner como cortina sonora en los restaurantes. Están ciegos a la belleza, para ellos sólo existe lo “bonito”, y lo bonito es aquella belleza que ha sido previamente diseccionada, catalogada y sujeta con un alfiler en una tabla de icopor. Es el hecho estético desinfectado y preprocesado, listo para consumir. No. Definitivamente la belleza no es eso. La gente puede pasar por la vida así, pero creo que es triste. Tener una felicidad postiza, debidamente aprobada por la sociedad y las buenas costumbres, que se ponen por la mañana y se quitan antes de dormir. Me asalta sin embargo una duda. Pienso que ellos viven engañados, pero probablemente yo también vivo engañado. Es casi seguro. Creo que la diferencia no está en que uno sepa algo que el otro no sabe, la diferencia está en la necesidad de seguir buscando, de no conformarse, de seguir sintiendo el llamado, la sed, el hambre de buscar más. Es esa angustia, ese anhelo lo que quisiera comunicar. Es por ello que leo, es por ello, tal vez, que leemos.

Yo empecé a leer porque había libros en mi casa. Tal vez para distraerme, para poblar el tiempo cuando lo sentía vacío. Leer era mi pasatiempo; ya no lo es, es una vida. Me siento vivo que cuando estoy me enfrento a un texto, cuando intento descifrar las palabras, los números, las imágenes, cuando trato de encontrar un sentido. Me embarco en la mecánica cuántica, navego en los mares del norte, camino por los bosques de la tierra media, me asombro con los misterios de la termodinámica, seduzco a una mujer en un puente de París; pero sobretodo me atrevo a creer que todo tiene un sentido. La vida no lo tiene, pero cada una de las palabras que conforman un texto deben construir un significado descifrable. Sin embargo, de tanto descifrar se empieza a adquirir el vicio de buscarle sentido a todo. 

Mejor aún, me siento más vivo que nunca cuando soy yo quien traza los derroteros de esos viajes, cuando soy yo quien construye el sentido, me invento una religión casi creíble, hayo la relación entre los gatos y los escritores, soy asesinado en una madrugada brumosa. Entonces puedo darle un sentido a un pedazo de lo que he vivido y parece que todo encajara, y creo que se trata sobre todo de eso, de darle sentido. Y no es algo de ahora, cuando estudiaba ingeniería me la pasaba más tiempo averiguando sobre semiología o teoría de la complejidad que sobre los temas de mis materias; y no porque fuera divertido, o me distrajera un rato; si quería distraerme tenía opciones más fáciles. En realidad era porque siempre pensaba que la vida tenía que ser otra cosa, ¿qué? No lo sé, pero por eso me la he pasado buscando. Alguna vez creí que leía tanto porque trataba de escapar del mundo, pero cada vez me convencía más de que no era así, de que los libros no me escondían del mundo; leer me ayudaba a descubrir el mundo, a encontrarlo. Yo creía que los libros eran puertas que llevaban a otros mundos e intentaba escapar de la realidad recorriendo sus páginas, pero al terminar siempre regresaba a esta vida, sin embargo la encontraba cambiada, iluminada por una luz nueva; repleta de nuevos asombros esperándome en cada esquina. Comprendí entonces el misterio de los libros: no nos ayudan a huir de la realidad sino a descifrarla. Descubrí entonces que no solo los libros, sino cada símbolo, cada canción, cada pintura, cada conversación, tal vez cada sonrisa y cada beso, eran puertas hacia este mundo que se nos escapa de tantas maneras, pero desde ellos podemos atraparlo por pedazos. Me dediqué a buscarle un sentido al mundo, pero un sentido que lo abarcara todo: la ciencia, la poesía, el humor, la música, lo cotidiano y lo sublime, quería que cada cosa encajara. Estaba buscando lo que los físicos llaman “Una teoría de todo”. No la he encontrado, y nunca la voy a encontrar, así que he decidido inventármela. Y creo que allí está el meollo del asunto. Me la pasé mucho tiempo buscándole un sentido a la vida y descubría que la vida no tenía sentido, y lo corroboré de mil maneras; pero ese descubrimiento ha sido liberador para mí, porque he comprendido que la vida no tiene sentido pero podemos darle sentido. La palabras, por ejemplo, no tienen un significado propio, intrínseco, tienen el significado que les queremos dar. La palabra “casa” representa a una casa no porque en esa combinación de letras tenga alguna relación con una casa, sino porque nosotros hemos decidido soberanamente atribuirle un significado, tan arbitrario como cualquier otro, pero definitivamente un significado. 

Cuando escribo siento que le estoy dando significado a mi vida.

Las cosas que he vivido, las tristes o alegres, las anodinas o terribles, adquieren sentido cuando las convierto en historias. Si no lo hiciera serían simplemente un montón de acontecimientos que se pierden en el tiempo, que solo persisten en mi memoria. Pero cuando las escribo parece que dejan de ser simplemente un montón de cosas que me torturan. Me torturan las terribles porque en realidad hay muchas cosas que aún duelen, e incluso a veces me torturan las felices porque las he perdido. En realidad lo que digo no es nada del otro mundo. Es un mecanismo psicológico llamado sublimación. Uno puede negar las cosas, reprimirlas, proyectarlas, o puede convertirlas en algo nuevo y así enfrentarlas. Creo que es la única forma en que se puede llegar a vivir con ellas, a no dejarse vencer por ellas, a no dejar que sean ellas las que nos tengan atenazados por dentro (aunque las neguemos) a sobrevivir a una batalla con nuestros demonios y, tal vez no vencerlos, pero sí llegar a una tregua con ellos. Yo necesito esa tregua. Cuando escribo siento que estoy volviendo a construirme, que puedo sanar, que tengo esperanzas de volver a echar bases sobre las cuales pueda crecer mi fe. Que tal vez todos los reveses, todas las derrotas, las pérdidas, los fracasos, al contarlas, al darles sentido en un texto, las puedo convertir en victorias.

Pero no escribo solo para atrapar lo que vivo en palabras. No es el punto culminante de este misterioso proceso de vivir, también es el punto de partida. Yo no escribo sobre lo que sé sino sobre lo que quisiera saber, porque escribir es la mejor forma que conozco de enfocar mi pensamiento en aquello que me interesa, para que la curiosidad no se me quede en simples ganas o se me diluya en un montón de imprecisiones. Decía Borges que la literatura es un sueño dirigido y creo que tiene la razón. Para aquellos que soñamos de día y de noche, la palabra escrita es la mejor forma de dirigir nuestros sueños, de evitar que se diluyan inútilmente en la simple sucesión de los días.

Los Sofistas, los Eleatas, Borges, el Tao, y un montón de personas y filosofías nos enseñanza que nada puede comunicarse. Tal vez sea cierto. Decía Alfonso Reyes que la labor del poeta es como la batalla de Jacob contra el Ángel: Una batalla perdida de antemano entre lo humano y lo inefable. No se puede comunicar ninguna verdad y cada epifanía debe ser vivida por cada uno de nosotros para entenderla. Este texto tiene una dificultad adicional: no tiene ningún contenido, no hay una verdad que comunicar, sólo el deseo y la necesidad que he repetido hasta el cansancio en todas partes. ¿Cómo comunicar la sed? ¿Cómo usar las palabras para hacer que alguien que está satisfecho sienta hambre? No lo sé. Tal vez no sea posible, pero me quedo con la esperanza de que si usted ha llegado hasta este punto sin aburrirse tal vez sienta también el hambre. No porque mis palabras sean lo suficientemente buenas como para comunicarla, sino porque tal vez, a pesar de lo deficientes que son, han resonado en usted como resuenan las cuerdas de una guitarra cuando una cuerda es tensada y los armónicos multiplican la vibración aunque no hayan sido tocadas. Tal vez no sea gracias a las palabras que nos entendemos sino a pesar de ellas, y tal vez usted ha reconocido el hambre que describo y se ha reconocido en ella. El oficio de escribir, como el oficio de leer, no es más que un ejercicio de esperanza.

Carlos Arturo García Bonilla
La torre del Silencio

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