Las paisas

EN LOS AÑOS NOVENTA EN EL COLEGIO San José, en Medellín, no era raro que las clases de bachillerato se vieran interrumpidas por hombres que observaban a las alumnas con calibrador ojo crítico y la complacencia de las monjas.
Eran publicistas Leonisa, que buscaban caras frescas para modelar sus productos. Tal vez fue en los noventa que las paisas se pusieron de moda, Natalia París sobrepoblaba los cuadernos y se creó poco a poco una iconografía de la mujer antioqueña como sex-symbol.
La fama es terriblemente injusta y ha tenido graves consecuencias sociales. Sin demeritar la belleza de las antioqueñas, hay que decir que lo menos importante es que sean bonitas. Las antioqueñas son y han sido siempre mujeres fuertes y emprendedoras, decididas y valientes. La fama de ‘sex-symbols’ es un arma de doble filo y además de simplificar el encanto de las paisas, ha ayudado a convertir a Medellín ‘la más educada’, en un destino de turismo sexual, donde las redes de trata están sofisticadas y fortalecidas, y donde vivir de su cuerpo es el único destino posible para muchas jovencitas.
Natalia tiene 14 años y cuando tenía 13, en vísperas de la Feria de las Flores en Medellín, perdió su virginidad a manos de un macancán rubio —que Natalia supone gringo— y que pagó para violarla. Llevaba varios días detenida en una finca, o en lo que suponía que era una finca, porque oía pajaritos que acompasaban el llanto de otras niñas, retenidas en otros cuartos. La secuestraron cuando fue a la casa de una compañera del colegio, que al parecer colaboraba con la banda de trata. La vendaron y la encerraron en una camioneta con otras niñas, le dijeron que su familia estaba amenazada. A su familia le dijeron que de su silencio dependía la vida de la niña. Hoy en día Natalia y su familia se sienten vigilados y en peligro. Por eso su testimonio es un gesto de tremenda valentía y de solidaridad con otras niñas para quienes ser víctimas de trata empieza a volverse riesgo inminente.
Aunque la práctica data de tiempos de Pablo Escobar, y a pesar de que en los últimos 10 años ha habido varias denuncias al respecto, el problema solo llegó a la agenda pública hace unos meses, cuando la Corporación C3 lo denunció en un informe que fue reseñado por El Colombiano. La noticia de las subastas de vírgenes en Medellín le dio la vuelta al mundo. El titular, espectacular sin duda, sirvió para voltear las miradas hacia una realidad cruel que viene creciendo desde hace rato a la sombra de las autoridades que, aunque claramente saben del fenómeno (es indignante ver a la policía, tan campante, cuando a metros, niñas se ofrecen en el parque Berrío), despliegan una incompentencia tal que algunos podrían llamarla complicidad.
Las mujeres antioqueñas son víctimas de una cultura machista que les dice que su valor está en la belleza que poseen. Algunas se ponen tetas y se vuelven devotas del gimnasio con tal de llenar el estandar de su fama. Para otras, la cosa es más literal, y ser bonitas puede significar violación y secuestro. Prohibir los reinados en los colegios públicos fue una medida importante, pero el problema es profundo y grave y falta mucho por hacer desde las políticas públicas. Los esfuerzos por mostrar a la ciudad como innovadora y progresistas parecen cosméticos cuando suceden este tipo de crímenes amparados en el silencio de una sociedad goda, rezandera y pacata cuyo indulgente placebo está en enorgullecerse de la belleza de las mujeres.
Pata: Ante la grave situación de los derechos de las mujeres en Antioquia, lo peor que puede pasarle al departamento es que Liliana Rendón —la misma que, cuando el escándalo de El Bolillo, dijo que si su marido llegaba a pegarle sería merecido—, suba a la Gobernación.
 
Por: Catalina Ruiz-Navarro

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