Conversaciones con el nigeriano Wole Soyinka

Conversaciones con el nigeriano Wole Soyinka, Premio Nobel de Literatura
 
Las2Orillas

Premio Nobel de Literatura 
El periodista se encuentra en Oviedo, junto a Kim Manresa, en el majestuoso salón del hotel de la Reconquista, mirando su reloj de pulsera con una cierta inquietud. El premio Nobel nigeriano Wole Soyinka se aloja por unos días en este monumento nacional de la capital asturiana para participar en el Día Mundial de la Poesía, organizado por la Unesco y la Fundación Príncipe de Asturias, y queremos solicitarle su participación en esta serie de entrevistas. Finalmente, hace acto de presencia, y disculpa su retraso con una sonrisa: “Lo siento, estaba liberando rehenes”.
-¿Cómo? ¿Pero qué dices, Wole? -exclama Derek Walcott, uno de los poetas presentes en la mesa.
-La guerrilla del delta del Níger ha secuestrado a nueve occidentales, trabajadores de la Shell. Estaba haciendo gestiones por teléfono para que los suelten… No pongas esa cara, Derek, ya he conseguido liberar a seis, ahora solo quedan tres. Pero también los liberaremos, ya verás…
Nigeria no es un país para aburrirse. Recordando aquel primer encuentro ovetense, en el avión que nos lleva de Londres hasta Lagos, un mes después, hojeamos la revista “The Week”, editada en la capital británica por exiliados nigerianos, que recoge, tras el titular “Muerte a los traidores”, fotografías de algunas de las cabezas que los rebeldes de la rica región petrolera del delta del río Níger han declarado como objetivo. Con una esperanza de vida de unos 40 años, la población nigeriana, una de las más pobres del mundo pese a la enorme riqueza que el petróleo otorga a unos pocos, afronta problemas como el odio religioso, los muy deficientes servicios sociales, sanitarios e infraestructuras y una tasa de criminalidad disparada en zonas como Lagos, la ciudad más poblada de África, con casi 15 millones de habitantes. La verdad es que volar a ese país para realizar una entrevista literaria casi parece una excentricidad.
La cita con el escritor es en un punto determinado de la carretera. Al vernos llegar, sale de su coche para recibirnos. Es alto, enérgico, y con una nube de algodón en la cabeza que le da un cierto aire de Einstein africano. Icono de la lucha por la democracia en su país, vive “un tercio del año en EEUU, otro en Nigeria y el resto en aviones”. Ha sufrido prisión, hostigamiento y penalidades diversas durante los diversos regímenes políticos que ha tenido Nigeria desde que, en 1960, conquistó su independencia de la Gran Bretaña. Nos abraza y anuncia: “Bienvenidos. Hoy iremos de excursión a Abeokuta”, la ciudad donde nació en 1934, a una hora y media de Lagos. Es un soleado y húmedo sábado, y hemos empezado a conversar en el asiento de atrás de su coche.
Charlamos de su nuevo volumen de memorias (tituladas algo así como “Debes emprender el camino al amanecer”), recién aparecidas en África y Estados Unidos, y que le han supuesto todo un reto profesional. “En la ficción -cuenta-, puedes matar a un personaje, enviarlo a otro sitio, que se ponga enfermo, se enamore… En la ficción soy Dios. Pero, aquí, uf…”.
El libro es también una historia del país durante los últimos cincuenta años, e intenta explicar cómo una de las potencias petrolíferas del mundo puede ser a la vez líder en pobreza y carencias. “Hemos encadenado un gobierno militar tras otro. El petróleo nos ha hecho perder nuestro sistema productivo: las pequeñas industrias, como la agricultura, han sido abandonadas… El petróleo lo ha barrido todo, convirtiéndose en el centro de nuestro sistema económico. Y, como es un monopolio del gobierno, nuestro gobierno es el más rico del mundo. Pero la riqueza no traspasa el reducido círculo gubernamental, al que acceden algunos ciudadanos y empresas internacionales. La gente ha perdido la costumbre de producir los medios para su existencia: parece que pudiéramos vivir todos del petróleo, petróleo, y nada más. ¡Es como si pudiéramos bebérnoslo!”.
Finalmente, llegamos a su casa, una mole de ladrillo rojo, de arquitectura moderna, que se alza en medio del bosque tropical de las montañas de Abeokuta, rodeada de vegetación por todas partes. “Cuando gané el Nobel, se me llenó la cabeza de dinero, tenía mucho más que el que habían acumulado varias generaciones de mi familia juntas, y quise crear una casa taller para escritores, donde pudieran venir a trabajar tranquilamente”. Sin embargo, algunos sacos, herramientas e irregularidades en la superficie dan la idea, en ocasiones, de un edificio en construcción. “Sí, los militares la arrasaron, pero la he estado reconstruyendo exactamente tal como era, idéntica. Lo registraron todo, creían que yo tenía la emisora de radio de la oposición democrática, pero no encontraron nada, je, je”.
Descendiente de la etnia Yoruba, de rica y poderosa tradición cultural, estudió en la universidades de Ibadan, Nigeria, y Leeds, Inglaterra.
Descendiente de la etnia Yoruba, de rica y poderosa tradición cultural, estudió en la universidades de Ibadan, Nigeria y Leeds, Inglaterra.
La casa de Soyinka -diseñada por él mismo- se autoabastece de agua, gas y electricidad. “Tengo un generador eléctrico, placas solares, bombonas de gas y un pozo. No puedes fiarte de que el gobierno te lo suministre. El presidente Obasanjo dijo que tendríamos todos electricidad en dos años, ¡¡pero ahora han anunciado que eso no será hasta el 2056!! No les interesa arreglarlo, porque el negocio de la venta de generadores es enorme y circula mucho dinero en impuestos y comisiones”. A pesar de lo precario del sistema (durante algunos momentos del encuentro, la casa se quedará a oscuras, y, tras la comida, habrá que suspender el café previsto), la residencia, repleta de tallas que representan deidades tradicionales, tiene un subyugante aire de autenticidad. Soyinka nos muestra, con ilusión, el pequeño anfiteatro, “para que los artistas actúen”. Y, tras atravesar una estancia con montones de cajas de libros, llegamos a su estudio: una mesa ante una extensa ventana que permite observar todo el bosque circundante. Debemos hacer esfuerzos para escucharle y no ser atraídos por el frondoso paisaje que, por las noches, tal vez le dicte algunas de las historias africanas que escribe.
Mientras llena de líquido antiparásitos una máscara yoruba de madera, invadida por las termitas (“¡os mataré, bastardas!”, les grita a las intrusas), nos invita a probar un licor africano “muy parecido al orujo”, fruto de las cañas salvajes. “En este mismo claro de bosque había una destilería clandestina que lo fabricaba pero, una vez acabada la materia prima, se desplazan a otro sitio”. La fuerza de voluntad de este hombre que ha reconstruido su casa tozudamente, se manifiesta en anécdotas como la del día en que, tras la invasión del ejército, volvió a las ruinas de lo que había sido su vivienda y “me encontré un montón de minúsculos murciélagos que se habían adueñado de todo, ¡había más de cinco mil! Poco a poco, los fui sacando o eliminando”.
A Soyinka le gusta cazar. “Pájaros, antílopes, boas…”, y también tiene una modesta plantación de “cítricos, coco, bananas…” en la que le ayudan familiares y amigos. Al saber que caza pájaros, le preguntamos si no tiene miedo de la gripe aviar, que castiga con dureza al país africano, y él responde con una sonrisa: “Ogún se encarga de eso”.
Ogún es el dios de Soyinka. Como buen yoruba, ha escogido uno de entre la gran cantidad de deidades disponibles. Los yorubas son un 21 % de la población del país, se dedican a la agricultura doméstica y han dado algunos de los artistas más importantes de África. Formando parte de las masas de esclavos, se expandieron por países como Cuba (donde originaron la santería) o Jamaica. La pacífica y tolerante filosofía yoruba sobrevive en un país golpeado por la violencia. “Tenemos fundamentalistas tanto cristianos como musulmanes –se lamenta el escritor-, cuyo objetivo es destruir al otro. Los dos monoteísmos creen que su fe es superior a las otras. Periódicamente, tenemos matanzas en aldeas, destrucción de objetos sagrados…Me entristece porque, desde niño, me encantó la riqueza de las diferentes religiones y las relaciones que se establecían entre ellas. Me levantaba para ir a la escuela cristiana oyendo el canto del muecín en la mezquita y, por el camino, veía los exuberantes desfiles de las religiones tradicionales africanas: esa atmósfera de carnaval con personajes tan atractivos como la diosa de los ríos… Todo eso era para mí lo mismo: metáforas para expresar el intento de los hombres de manejarse con el vasto y desconocido universo. Lo yoruba sobrevive, es imposible erradicarlo. La radio ha ayudado mucho a continuar la tradición oral”.
-¿Cómo es Ogún, su deidad protectora?
-No soy un beato ni un adorador. No es bueno serlo. Pero el personaje de Ogún es el dios de las carreteras y caminos, muy importantes en mi vida, y representa la naturaleza contradictoria y dual de los seres humanos, que somos a la vez destructivos y constructivos. Para mí fue una liberación reconocerme en sus características. Ogún es bastante beligerante, o, mejor dicho, se carga de energía en los momentos de problemas, coge de ahí su fuerza. Es el dios de los que amamos la soledad. Y es también un lírico y un cazador”.
La yoruba “no es una religión arcaica, se actualiza constantemente, integrando las nuevas realidades, en su día la colonización, y hoy las tecnologías”. Al premio Nobel le fascina la similitud entre los dioses de la Grecia clásica y los yorubas: “Me sorprendió descubrir que tenemos el mismo panteón. En ambos casos, hay muchas deidades, especializadas cada una en temas muy concretos, y se comportan de una manera muy humana, cometen errores garrafales, son deshonestos, libidinosos, brutos… representan la cara y la cruz de nosotros mismos”.
Soyinka nos lleva a dar un paseo por la antigua escuela y la guardería a las que fue de niño. Sólo quedan las cuatro paredes del edificio, que parece a punto de caerse, y algunos pupitres y una vieja pizarra. Se sienta en el mismo lugar en que solía hacerlo, pone cara de niño sorprendido por el profesor en una travesura, y le vienen los recuerdos de “aquel primer día de clase, solo tenía dos años y medio, es decir, no me correspondía asistir al colegio todavía, pero una mañana seguí a mi hermana mayor hasta aquí… y ya me quedé”.
Entre sus obras más celebres se encuentran: El hombre ha muerto (1972), La estación del caos (1973) y las notables piezas de teatro: Las metamorfosis del hermano Jero, The Bacchae of Euripides, Madmen and Specialists y La muerte y los caballeros del rey. En 1976 publicó el que se considera su más importante libro de ensayos: Myth, Literature and the African World.
Entre sus obras más celebres se encuentran: El hombre ha muerto (1972), La estación del caos (1973) y las notables piezas de teatro: Las metamorfosis del hermano Jero, The Bacchae of Euripides, Madmen and Specialists y La muerte y los caballeros del rey. En
 
1976 publicó el que se considera su más importante libro de ensayos: Myth, Literature and the African World.
 
 
 
 
Acompañados por el canto del muecín, que se extiende por toda la zona como un viento suave, decidimos subir a las rocas de Abeokuta, actualmente una atracción turística (algo paradójico en un país que, pese a los esfuerzos del gobierno, todavía no tiene turistas). “En estas rocas –explica el escritor- se escondían los guerrilleros, y desde ellas lanzaban sus ataques”. En lo alto, se divisa la ciudad al completo.
El mercado de la ciudad, ya de por sí un bullicioso caos de colores, ruidos y olores, se convierte en un auténtico gallinero humano cuando entra en él Soyinka. Las mujeres, para mostrarle su afecto, le llaman “¡papá!” o “¡hijo!”, dependiendo de su edad. Todo el mundo le fotografía con el móvil, los vendedores y clientes interrumpen sus actividades, y hasta un chico propina un puntapié en el trasero de una cabra perezosa que impedía el paso del premio Nobel. No hay duda, viendo estas impresionantes muestras de devoción popular, de por qué le llaman “el Mandela nigeriano” y de por qué muchos le han pedido que presente su candidatura a la presidencia del país. “Finalmente, lo he rechazado. No va con mi temperamento, la libertad y el poder son antagónicos”. ¿Ministro de cultura? “¡Noooo! Tendría que tratar con artistas, que son la gente más problemática del mundo, nunca están satisfechos. Preferiría antes ser ministro de Prisiones…”
Lo dice alguien que ha estado preso en varias ocasiones, la más prolongada entre los años 1967 y 1969. ¿Nunca tiene miedo?, le preguntamos. “Tomo precauciones en mis desplazamientos, porque sé que hay ciertas zonas que no son seguras para mí, pero prefiero hablar de peligro que de miedo. El dictador Sani Abacha (1993-1998) sí daba miedo, era un ser sin escrúpulos que mandaba escuadrones de asesinos contra sus opositores. Muchos amigos han perdido su vida por hacer lo mismo que yo. El presidente actual es otra cosa: un hombre ambicioso que gasta mucho dinero en coaccionar, chantajear y atemorizar a la gente… pero no me meten en la cárcel, y eso me basta para ejercer la crítica”, responde, tras despedirse hasta el día siguiente, en que visitaremos la ciudad más poblada del continente.
Lagos huele a gasolina. Literalmente. Muchas de sus calles apestan a combustible. Ese mismo olor que encontramos en las estaciones de servicio se expande aquí por barrios enteros, especialmente los cercanos a la playa y sus islas, por donde discurren la mayoría de los canales por los que circula el ‘oro negro’. Carteles del gobierno, en las vallas de publicidad, piden a la gente, en grandes letras: “No participe en los actos vandálicos de los oleoductos”. Un día antes de que llegáramos al país, explotó un tramo de uno de esos oleoductos matando a unas 200 personas. Los “actos vandálicos” de los que habla el gobierno son una acción desesperada de miles de personas a los que no se les ocurre otro sistema de alimentar a sus familias que agujerear las arterias que transportan el oscuro petróleo, que luego venden a precio de saldo. La tremebunda metrópolis de Lagos no es la apacible Abeokuta. Pero nos hemos desplazado aquí para acompañar a Soyinka en una jornada de diversas ‘conspiraciones’ políticas. Cuando se trataba de reuniones del movimiento democrático, a puerta cerrada, le hemos esperado pacientemente en bares donde los acompañantes del escritor nos protegían de las miradas. Cuando, en cambio, se trataba de visitas a gobernadores en sus palacios, nos hemos unido a su comitiva. Y, desplazándonos en un coche milagrosamente salvado del desguace, hemos contemplado a través de la ventanilla todo el esplendor de la miseria del mundo. Niños desnudos que juegan sobre basuras, kilómetros y kilómetros de chabolas, adolescentes dibujando fugaces equilibrios sobre el pavimento de la autopista para vender su mercancía a los conductores…
Soyinka se resiste con uñas y dientes a hablar de su vida privada, y solamente acaba por conceder que tiene “muchos” hijos y nietos. Aunque, como consideración general, apunta que “la mujer nigeriana está muchísimo más liberada que en otras sociedades, incluso en condiciones polígamas ellas mantienen un cierto control de sus vidas. La poligamia, para mí, no tiene que ver con la discriminación”.
Mientras nos dirigimos, de vuelta, al aeropuerto, pensamos en el motín que, unos días antes, estalló en un vuelo Madrid-Lagos: los pasajeros se negaron a que el avión despegara porque, a bordo, iban dos nigerianas “sin papeles” que el gobierno español repatriaba. Soyinka, sin conocer los detalles del caso, comprende la revuelta del pasaje: “Todas las naciones tienen políticas de inmigración. La cuestión es: ¿qué tipo de política se hace? Y me parece deplorable que, cuando la gente asume tantos riesgos -como el de perder la vida- para entrar en un país, sufra encima unas políticas discriminatorias, es decir, que se prefiera a los que vienen de otros países, igualmente extranjeros, por encima de ellos”.
El escritor sonríe cuando recuerda que, “Kofi Annan, el secretario general de la ONU, se desplazó a Nigeria tras la muerte del dictador Abacha, y me dijo: ‘Wole, tú y tu gente tenéis que ser razonables’. ¡Razonables! ¿Sabe qué pedíamos? Una asamblea constituyente para convocar elecciones democráticas. ¿Le parece eso poco razonable? A millones de personas nos gustaría que el mundo fuera más razonable…”, comenta, sin perder la sonrisa, mientras el coche se va alejando del olor a gasolina.

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