Viviendo de la basura: ¿por necesidad o por convicción?

Mientras en países pobres mucha gente busca restos de comida en la basura, en Alemania hay cada vez más personas que rescatan alimentos en buen estado de los contenedores. Algunos ya lo han hecho un estilo de vida.
 
En Alemania bota cada habitante anualmente alrededor de 82 kg. alimentos a la basura.
El reloj marca las 00:30 de una fría madrugada y a pesar de ser martes, la principal calle Hohenstaufenring de Colonia no duerme. Gente joven festejando en los bares y clubs de donde resuenan los últimos hits. En una esquina aparca Nina, una joven estudiante de medicina, su bicicleta. A su lado, su amigo Massel hace lo mismo y revisa su mochila porque quiere asegurarse de haber traido su linterna, guantes y bolsas suficientes, aquellas que llenará con lo que encuentre en los contenedores de basura de un conocido supermercado ubicado en esta céntrica calle.
Nina y Massel fuman un cigarrillo mientras esperan en la esquina a Hans, un ex panadero y hoy desempleado que se dedica desde hace cuatro años al “containern”, como ellos llaman a este oficio de sacar alimentos de la basura. Apenas llega Hans se dirigen los tres hacia un oscuro pasaje abierto al costado del supermercado. Allí se encuentran los contenedores de basura, los cuales están separados en plástico, cartón, deshechos orgánicos y restos en general. Exactamente estos últimos son los que atraen a los “containers”.
Nina va delante y al entrar al pasaje se prenden los reflectores, ella voltea y con sus ojos azules les da una señal a sus compañeros de jornada. “No hay problema pero tienen que ponerse los gorros para que la cámara de seguridad no les filme”, dice la estudiante alemana. Nina acomoda su cabellera marrón dentro de su gorra negra de lana y trata de cubrir un poco más su cara.
Hans y Massel miran alrededor si alguien se acerca o sale por la puerta de emergencia del supermercado. Y es que sacar desperdicios de contenedores está prohibido en Alemania. Según la Ley esto es considerado un robo y alteración de la tranquilidad ciudadana y al orden residencial. Los dueños los podrían demandar, como pasó en enero de 2013 con Rowena F. und Raoul M., quienes quisieron hacer lo propio en los contenedores de la filial del supermercado Rewe en la ciudad de Düren. La pareja fue denunciada por el supermercado y terminaron ante una corte.

 Los llamados "containers" han convertido el recoger desperdicios en un estilo de vida.
Desperdicios comestibles
Mundialmente terminan en la basura 1.300 millones de toneladas de alimentos. Sólo en Alemania, según estadísticas estatales, cada habitante arroja 82 kg. anuales de alimentos. Un hecho que abrió un gran debate y que desató una disyuntiva moral entre qué botar y qué regalar. Muchas veces los supermercados y la gente se deshacen de alimentos impulsados por la fecha de vencimiento en el empaque, pero ignorando que los alimentos todavía son comestibles.
Si bien es cierto, la costumbre de Nina se ha vuelto una convicción porque no le gusta que se desperdicie la comida, ella quiere también ahorrar dinero. Entre las clases en la universidad y las prácticas en el hospital no le queda tiempo extra para conseguir un empleo más:”Yo se que muchos de estos productos que recogemos no nos hacen mal a la salud y haciendo esto no tengo que comprar muchas cosas en el supermercado”, dice la estudiante vegetariana de 23 años y abre la tapa de un contenedor negro que está lleno hasta el tope.
Paquetes de fresas en mal estado, lechugas malolientes, bolsas de naranjas de las cuales se puede reconocer que solo una está en mal estado es lo que va descubriendo dentro de la basura. “Encontrar este tipo de cosas tiradas me da mucha rabia porque la gente que trabaja en el supermercado debería regalarlo a alguna institución social, pero a la vez me da gusto poder encontrar esto para llevármelo a casa”, explica Nina y vuelve a inclinar la mitad de su cuerpo para seguir llenando su bolsa negra de yute.
En los contenedores continuos hacen lo mismo Massel y Hans. Siempre volteando y con la mirada atenta a la entrada por si alguien se acerca. Massel, recién egresado en etnología y desde hace un año en busca de trabajo, se acomoda la gorra azul que trajo, cuidando no ser reconocido. Entre los desperdicios pegajosos, él rescata queso empaquetado, un pastel, atún, lasagna, entre otros. “Los trabajadores del supermercado saben que venimos a recoger las cosas, sin embargo, mezclan todo para que no sea reconocido. Incluso, a veces rosean los desperdicios con yogurt malogrado”, cuenta Massel.
Más allá, Hans, quien es el más despreocupado del grupo y a quien la policía ya paró en alguna oportunidad, pero sin ninguna consecuencia importante, no le parece que califiquen al “containern” como un delito: “Si me pillan les diré que lo hago por necesidad, tomar los deshechos no es robar, robar alimentos no es ser delincuente”, dice el desempleado. Hans habló alguna vez con un director de un supermercado para recoger directamente los productos vencidos sin tener que ensuciarse en un contendor pero éste se negó. No por miedo a las leyes, sino por las reglas de la empresa que no puede ofrecer productos vencidos, así sean regalados. Mientras tanto, Hans sostiene su mochila y la llena con pequeñas botellas de yogurt que acaba de encontrar, las cuales vencerán al día siguiente.
 
 Los supermercados desechan diariamiente miles de productos que son todavía comestibles.
Un gran ahorro
La jornada de hoy fue fructífera para los tres “containers”. Hoy no fue necesario ir a otro supermercado como lo hacen normalmente. Los tres se sientan cerca de un contenedor para limpiar sus bolsas y para separar lo malogrado. Al instante, salen los tres cuidadosamente del recinto. Los reflectores se vuelen a prender en la entrada y ellos apuran el paso hacia un pequeño parque aledaño, donde empiezan a repartirse el botín. “Yo tengo muchas naranjas, ¿quiere alguien alguna?”, dice Nina. “Bueno, dame las naranjas y yo te doy pepinos y berenjena”, responde Massel. A Hans le sobran botellas de yogurt: “Yo no pienso tomar todo esto sólo, así que si quieren lo pueden llevar”, replica el desempleado.
Esta rutina la realizan normalmente tres días por semana y no siempre en el mismo lugar. Y es que les sale a cuenta, si por cada jornada se ahorran alrededor de 20 euros, como hoy. Finalmente los tres “containers” han preparado una bolsa aparte para llevar a un albergue de indigentes: “Cuando encontramos muchas cosas como hoy las regalamos a gente que también lo necesita. Ellos nunca se darían cuenta que son recogidas de la basura”, dice Nina quien ya está pensando que cocinará mañana con lo que encontró hoy.


dw.de

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