El espantoso mundo en que vivimos

Por: Héctor Abad Faciolince
El Espectador


Incapaz de comparar el mundo actual con el mundo de ayer, de sopesar lo ganado y lo perdido, su obsesión consiste en la crítica escandalizada, en el moralismo altivo, en el desprecio por cualquier progreso, por cualquier gusto o alegría, en la convicción de que no hay criatura más repugnante que el ser humano, ni lugar más inhóspito que la tierra.


El tipo de intelectual en el que estoy pensando es ese que se solaza en la cultura de la queja, y para el cual la sociedad contemporánea (especialmente la occidental) es una especie de invento del demonio: la cosa más grosera, burda e infernal que ha existido en toda la historia del mundo. Lo moderno, para él, es lo más violento, lo más agresivo, lo más explotador e injusto: una sociedad con la que tendríamos que arrasar para fundar otra sobre sus ruinas. Lo peor de esta perorata asqueada, de esta permanente indignación moral, es que esta supuesta “élite de la inteligencia” ha logrado convencer a millones de jóvenes —como denunciaba hace años Karl Popper— de que vivimos en el peor de los mundos que han existido. Cada vez encuentro con más frecuencia a jóvenes convencidos de que reproducirse es terrible, pues van a traer nuevos seres humanos solamente a sufrir. Y la mayoría de estos estériles voluntarios son, precisamente, los jóvenes que más han estudiado, es decir, aquellos que más han estado expuestos a la influencia nefasta de esa “intelligentsia” para la que los logros de la humanidad son una mentira.

Inmunes a toda crítica y a toda lógica, no les importa que uno muestre hechos innegables: comparar el mundo contemporáneo con un mundo sin anestesia, sin antibióticos y sin analgésicos (creen que en un mundo “natural” no habría enfermedades y los humanos vivirían 600 años, como los patriarcas de la Biblia). Decir que ha habido progreso moral desde los tiempos de la esclavitud (dicen que al esclavo de ayer se lo mimaba más que al obrero de hoy; a quienes dicen esto deberían marcarlos con un hierro candente). Demostrar con cifras que las expectativas de vida han aumentado exponencialmente en el último siglo solo les produce desprecio pues lo único que hemos logrado es que ahora haya más gente. Tampoco les parece importante que un pobre de hoy —en Colombia— reciba una atención médica mucho mejor que un rey del Renacimiento, ni que tenga mejor transporte, mejor abrigo y mejores zapatos. Que la mortalidad materno infantil —incluso entre la nobleza— era muchísimo más alta que la de los campesinos contemporáneos.

A estos intelectuales no se les puede decir sin escándalo que las cosas vienen mejorando desde hace decenios en casi todo el mundo. Que la discriminación sexual o racial era mucho peor hace 50 años ; que nunca antes los homosexuales podían defender mejor su derecho a ser libres. Que nunca en la historia ha habido tantas mujeres estudiando y trabajando en los puestos más importantes, gracias —entre otras cosas— a que existen métodos anticonceptivos y a que ellas mismas han logrado que se las respete. También la pobreza —incluso en Colombia— ha venido bajando en términos absolutos y relativos en los últimos decenios. La misma violencia, como ha demostrado Pinker para disgusto de los intelectuales pesimistas, es en la actualidad una de las más bajas de toda la historia humana.

Cuando uno es optimista queda como un bobo ante los intelectuales de la indignación y de la queja. Por supuesto que nos enfrentamos a perspectivas gravísimas (el calentamiento global es la peor de ellas), pero quizá nunca antes la humanidad había estado mejor preparada para enfrentarlas. Por estas convicciones es que uno puede desear, e incluso esperar, un año 2014 un poco menos malo que este 13 que se acaba. El mundo en que vivimos es espantoso, pero es el menos espantoso que haya habido.

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