El niño que soñó transformar la naturaleza dirige Hidroituango

El Colombiano.com

Un padre y un abuelo autodidactas y toderos, quienes a comienzos del siglo pasado retaron la naturaleza con las uñas, le sembraron la pasión por la ingeniería y las grandes obras al hombre que hoy dirige el proyecto hidroenergético más importante del país.


Tras el ingeniero mecánico que lidera la construcción de Hidroituango, una megaobra de infraestructura que ocupa a 7.000 personas y en la que se invierten 5.500 millones de dólares, se esconden una suma de esfuerzos y lo que fue la obsesión de un niño.

Un tanto introvertido, difícil de persuadir para contar su vida, tiene una trayectoria académica brillante desde un colegio público municipal hasta la misma universidad inglesa en que estudiaba un postgrado, donde lo quisieron enganchar dos firmas caza talentos.

Desde que Luis Javier Vélez Duque llegó a EPM sin padrinos, hace 29 años, lideró proyectos en los que mostró conocimiento y disciplina, que le merecieron el reconocimiento para conducir la obra suprema en la historia de la empresa.

Cual cachorro, el hijo de León, su papá, mostró la garra desde chico. Su padre ejerció multiplicidad de oficios: estanquero, almacenista, personero, relojero, joyero y hasta armador de escopetas de caza.

Fue un apasionado por la lectura, quien le enseñó un amor temprano por los libros.

"Todo libro que él leía me lo pasaba. Empecé este hábito a los 11 años", dice, y recuerda que a sus manos llegaban por igual literatura clásica, textos de historia, revistas de mecánica popular...

Mucho antes el abuelo, Jesús María Vélez, un gomoso por el saber, gran lector y "experimentador", escribió un libro de conocimientos diversos sobre química, física y matemáticas. "Era como un libro de recetas, lo hizo a mano, con una caligrafía hermosa y de muchas páginas".

Lo guardó como un tesoro muchos años, pero a su hermano, Jorge Alberto, se lo robaron en un atraco en Medellín.

De las visitas familiares de domingos donde los abuelos, conserva la imagen de un hombre bonachón que siempre estaba en un sofá con un cuaderno de notas y una regla de cálculo haciendo operaciones matemáticas.

El abuelo y el papá, admite, sembraron en él la semilla de querer modificar la naturaleza para alcanzar algo más útil.

En Río Grande, la obsesión
A León, el padre, siendo personero de Valparaíso, le tocó ayudar a la construcción de la primera red de alcantarillado del pueblo, también a la conexión eléctrica de este municipio con Támesis y a la instalación de las primeras redes urbanas. Lideró la construcción del palacio municipal y, un oficio menos grato, dirigió la demolición del templo parroquial, después del terremoto de 1962 que lo dejó en ruinas.

Como personero también dejó los planos para una escuela de artes y oficios que se quedó en proyecto.

El hombre se vino con su esposa y ocho hijos a Medellín, laboró en los almacenes de EPM de la calle 30 y se le presentó la oportunidad de trabajar en el proyecto de Río Grande I.

Con las palabras, Luis Javier se devuelve en el tiempo al campamento de Río Grande I, en zona rural de Donmatías, a un "barrio que parecía un pesebre", donde vivían las familias del personal que construía el proyecto.

Era un niño de 9 años de edad que se familiarizó con el mundo de la ingeniería y las obras civiles. A esa edad, en el fragor cotidiano de retroexcavadoras, perforadoras y volquetas que cambiaban el paisaje lechero, se repetía: "Voy a ser un ingeniero que se dedique a obras grandes".

Ese paso por Río Grande lo marcó. "Me obsesioné", evoca Luis Javier.

Pero admite que no sentenció que tendría que trabajar en EPM, menos cuando su papá, León, falleció de un infarto, aún muy joven, a la edad de 50 años, cuando laboraba en el proyecto.

La abrupta partida obligó a Olga, su madre viuda, a regresar con ocho hijos a Valparaíso, el pueblo donde nacieron, a la casa de los abuelos.

Le ganó un año a la U.
Tras terminar el bachillerato en el colegio Rafael Uribe Uribe de Valparaíso, Luis Javier se vino a estudiar a Medellín con su hermano León, con quien abrió el camino para un grupo de cinco que cursaban carreras en forma simultánea en la Universidad de Antioquia.

Su devoción por el estudio le permitió, en una época de conflictos estudiantiles, terminar la carrera de ingeniería en 1983, en menos tiempo que sus compañeros, pues el pénsum de 10 lo cumplió en 8 semestres académicos y eso que en un año la Universidad permaneció cerrada.

"Presentaba exámenes de suficiencia, validaba materias, como tenía promedios altos me dejaban coger más materias", dice, y cuenta que las vacaciones las dedicaba a validar materias para adelantar y recuperar el tiempo perdido.

En las mañanas era monitor de dibujo mecánico en la U y en las tardes trabajaba en un laboratorio farmacéutico, y antes de terminar la carrera se dedicó a dar clases en una academia de tecnología.

Luego se vinculó a una empresa de mantenimiento de maquinaria, que antecedió en su ingreso a Empresas Públicas de Medellín (EPM), en 1985, en el momento que entró en servicio la central Guadalupe IV y se iniciaba Río Grande II.

Vélez llegó al área de Proyectos de Energía, y pronto lo vincularon a la estructuración del proyecto de una central termoeléctrica con ISA en el Cesar, en plena crisis económica, después del apagón, el cual se canceló.

EPM se decidió por una termoeléctrica a gas en Montería y, sin mucho conocimiento del tema, pidió que le aprobaran un postgrado para regresar a dirigirlo. "Me pararon bolas y conseguí la mejor universidad de Inglaterra en turbinas de gas: la U. de Granfield", recuerda.

Entre 1994 y 1995 adelantó un máster en energía térmica y a su regreso le entregaron la dirección técnica de Termoeléctrica La Sierra, en Puerto Nare, que entró en servicio en 2000. "Es la más eficiente a gas en el país", asegura.

En forma paralela le asigaron otras tareas. Así fue líder de las minicentrales Pajarito y Dolores, que se construyeron en el norte de Antioquia.

Tuvo la dirección de un novedoso proyecto para hacer microcentrales en varios tanques del acueducto de Medellín como los del cerro Nutibara, El Campestre y Bello. "El agua llega a los tanques con mucha energía y le pusimos turbinitas", explica y cuenta que uno solo de ellos genera 700 kilovatios que se aprovechan para el mismo sistema de aguas.

En 2005 dirigió la construcción de las microcentrales de La Vuelta y La Herradura, en Cañasgordas y Frontino, y al terminarlas, en 2010, le asignaron la dirección de Porce III.

Su experiencia se fortaleció con el diseño y la construcción de la infraestructura de Porce IV, desde el cual dio el paso a Hidroituango.

"En qué problema me metí"
Por sed de saber y las exigencias de los desempeños del momento tuvo que aprender inglés, italiano y rumano.

Cuando su postgrado en el exterior, se dedicó a estudiar inglés en el Colombo, hizo los niveles avanzados y pasó el Toefl, pero cuando llegó a una pequeña villa del norte de Londres, donde se radicó, casi se devuelve.

Ni el taxista en el aeropuerto ni el conserje en la pensión le entendían nada, se tuvo que ayudar con un mapa. Se fue a su cuarto, desde el que se miraba un parque y se decía: "¡Dios mío, en qué problema me metí…".

Pronto entendió que era cuestión de adaptar el oído y pasó el susto.

Antes de hacer máster le tocó coordinar el montaje de los generadores y equipos asociados para Río Grande II, que se fabricaban en Génova, Italia. Por la exigencia de continuos viajes se dedicó a estudiar italiano de forma autodidacta, compró libros de gramática y lo aprendió, al punto que no necesitó traductor en ese país.

Como ingeniero raso también lo enviaron a supervisar la fabricación de otros equipos en Rumania y le asignaron un traductor. Estuvo varias veces en Bucarest, estudió aquí y allá, y asimiló esta lengua romance, con raíces de español, italiano y francés.

En su escasez de tiempo como profesional adelantó una especialización en Gerencia Financiera en la Universidad Pontificia Bolivariana porque le apasionan la economía y el manejo integral de los proyectos.

¿Un tipo aburridor?
Tan ocupado siempre, no parece tener tiempo sino para el trabajo.

Pero con disciplina hizo rendir el tiempo de tal modo, que a la vez que dirigía proyectos y estudiaba le alcanzó para iniciar clases de piano.

Luis Javier se confiesa melómano, escucha toda clase de géneros musicales, lo seducen la que alude a las raíces indígenas y lo que llama una combinación entre folclórica y culta. ¿El que más?: Richard Wagner, dice convencido.

"Me gusta toda clase de música, menos la que sirve para amenizar balaceras", observa, en alusión a todo el repertorio del despecho.

En otro tiempo, cuenta, fue un gomoso por la pintura y por escribir poemas, pero tuvo que establecer prioridades porque "esto lo va copando a uno".

De la cosecha de esos días le quedó una colección de ensayos y de poemas.

¿Y qué hace en el tiempo libre? Con los años a Luis Javier se le despertó la pasión por un oficio. En su finca de descanso, en una vereda de Envigado, montó un taller con los equipos necesarios y los fines de semana le gusta dedicarse a la carpintería.

Contrató un carpintero que le hiciera trabajos y le enseñara, casi un instructor. Con ese aprendizaje hace sus propios muebles para guardar cosas, aunque no muy sofisticados.

Pero con ese espíritu transformador que recibió de padre y abuelo, no le basta cortar trozos y pegar piezas, sino transformar la materia. "Lo hago todo a partir de la rastra de madera y prefiero el cedro rojo, es muy noble para trabajar", dice emocionado.

No le gusta que lo califiquen de nerdo, y reivindica que lo hecho es a base de disciplina.

Aún así, el tiempo le ha robado cosas como su pasión por el ajedrez. Al estudiante adolescente de Valparaíso, el profesor de Física, Jesús María Sánchez, lo retaba a jugar, pero "nunca me vio una partida".

El juez promiscuo también lo citada al juzgado a jugar para desquitarse de otras derrotas, y no podía descifrar la estrategia de ese prematuro campeón municipal por varios años.

Hoy Luis Javier Vélez Duque mueve otras fichas. Es consciente que está al frente del proyecto de ingeniería más importante que se desarrolla en Colombia, pero no se cree su gestor.

Para llegar al estado en que se encuentra hoy, sostiene, demandó mucho tiempo y el desvelo de muchos talentos. "Hidroituango es el fruto de varias generaciones de profesionales que construyeron la empresa. Lo que he hecho es recibir ese testigo y llevarlo en alto", afirma.

Este ingeniero que se desboca en carcajadas cuando se le insinúa que es un hombre aburridor, replica que la pasión ha sido fundamental en su vida y que sin ella mejor le dejaría la tarea a otro colega.

No entra en suposiciones de por qué le correspondió dirigir este reto que envidiarían hombres con iguales méritos, sino que reflexiona que "uno le tiene que devolver a la sociedad lo que le dio".

Y en ese legado ve la posibilidad de llevar bienestar y calidad de vida a la gente, porque, dice, más que una obra de ingeniería es un proyecto de país.

Lo mueven las certezas que le enseñaron sus mayores y no teme que la obra se realice y entregue como se gestó.

Como suele hacerlo los domingos, acompañado por su esposa, la economista Martha Gladys Jiménez, disfruta del campo, lee, ve fútbol por televisión y carpintea mientras escucha boleros.

Dos amigos leales lo desestresan de la rigidez del mando: Otto, un pastor alemán muy afectuoso que ya se hizo mayor, y Karina, una perrita criolla recogida en la calle.

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