Las plantas “hablan” y se ayudan entre sí

POR RAMIRO VELÁSQUEZ GÓMEZ | Publicado el 11 de febrero de 2014
ElColombiano.com

No están quietas mecidas solo por el viento ni expuestas a toda clase de vicisitudes.

Las plantas hablan. Son un poco chismosas por así decirlo, pero para bien de todas. 

Ante una amenaza como un ataque de herbívoros o una sequía lanzan voces de alerta. Sí voces.

No solo hacen que sus vecinas activen sus defensas sino que se fortalecen ellas mismas.

Se comunican por el aire y por el suelo. Y los últimos estudios, pendientes de confirmación, sugieren que también emiten llamados en ultrasonido. ¿Tienen quizás orejas?

La vida social secreta de las plantas. Desde que en 1983 comenzara a sospecharse de sus voces silenciosas muchas evidencias han nacido.

En un reporte en The Scientist, Day Cossins hizo el recuento del camino que ha llevado a mirar las plantas de forma muy diferente.

Es que cuando aquel año los investigadores Jack Schultz Ian Baldwin reportaron la activación de su defensa en arces jóvenes expuestos al ataque de herbívoros, presumiéndose una alerta por parte de individuos atacados, nadie prestó atención, entre otras razones por la dificultad para replicar el hallazgo.

Atención
El tema se olvidó hasta que en 2000 Richard Karban, ecólogo evolutivo de la Universidad de California en Davis, demostró que un tabaco silvestre que crecía cerca a arbustos cuyas hojas habían sido picadas se tornaban resistentes a los insectos en respuesta a unos compuestos volátiles emitidos por aquellos.

No tardó mucho para que otros científicos reportaran hallazgos similares en plantas de maíz, cebada, judías y haba.

En 2006 Karban mostró que los compuestos liberados por los arbustos atacados por insectos herbívoros inducían una respuesta de resistencia en plantas situadas hasta 60 centímetros de distancia, dentro del rango de sus vecinos en el medio natural.

Evidencias
Uno de los últimos hallazgos concluyentes vino en mayo de 2013. En un invernadero del jardín botánico de la Universidad de Aberdeen en Escocia, Zdenka Babikova regó áfidos herbívoros en habas y selló cada hoja y yemas dentro de una bolsa plástica. 

La estudiante de doctorado conocía que estas plantas liberaban volátiles al aire para alertar vecinos, que responden emitiendo otros compuestos que repelen los áfidos y atraen avispas depredadoras de estos. Lo que no sabía es si las alarmas sonaban debajo del suelo.

Cinco semanas antes había llenado ocho materas de 30 centímetros con tierra que tenía Glomus, un hongo que conecta las raíces de las plantas con sus hifas, esos filamentos cilíndricos que conforman el micelio. 

Como un encuentro subterráneo, las redes de hifas facilitan el intercambio de nutrientes entre las plantas y los hongos. En cada matera sembró cinco habas, una donante y cuatro receptoras.

A una de estas se le permitió formar raíces y un contacto micorrizal con la donante. Otra solo tenía contacto por micorrizas y las otras dos no tenían ni contacto ni raíz.

Una vez las redes de micorrizas estuvieron bien establecidas, Babikova infestó las plantas donantes con áfidos y selló cada planta para que pasaran el dióxido de carbono, el agua y el vapor de agua pero no las moléculas más grandes como las de los compuestos usados en la comunicación aérea. 

Cuatro días después colocó áfidos individuales o avispas en cámaras esféricas de elección para ver cómo reaccionaban al olor de los compuestos orgánicos recogidos de las plantas receptoras. 

Solo aquellas con conexiones por la micorriza a la planta infestada fueron repelentes a los áfidos y atractivas a las avispas, una señal de que usaban su sistema en simbiosis para enviar alertas.

Con estrés
Pero en el camino había más. Un equipo encabezado por Ariel Novoplansky, de la Universidad Ben-Gurión en Israel, mostró que las plantas también espían a través de su sistema de raíces. 

El equipo plantó seis arvejas de modo que cada punto contenía las raíces de dos plantas distintas. Luego sometieron la primera de cada fila a condiciones de sequía y evaluaron la respuesta de sus vecinas midiendo el tamaño microscópico de las estomas, los poros en la superficie de las hojas que se cierran en condiciones de estrés por sequía.

A los 15 minutos, la planta cerró sus estomas, como lo hizo su vecina, que no era sometida a esa sequía, indicador de que se había producido algún tipo de comunicación.

A la hora, las cinco vecinas, cada una más alejada de la sometida al estrés, también los habían cerrado.

En un control en el que se bloqueó el contacto entre raíces los poros permanecieron abiertos.

El hallazgo fue toda una novedad, pero más lo fue ver que las vecinas no estresadas que respondían como si lo estuvieran liberaban más señales, que eran recibidas a más distancia en plantas más alejadas, precisó Novoplansky.

El mismo fenómeno fue observado en otras tres especies silvestres, sugiriendo que podría ser común.

Uno de los argumentos de los incrédulos de la comunicación entre plantas se basa en que los compuestos aumentan el bienestar de las receptoras, no el de las emisoras. En un estudio las judías expuestas a esos volátiles perdían menos masa de hojas y producían más hojas nuevas que las sometidas a control. 

Los experimentos no han demostrado que la emisión de señales beneficie la emisora, por lo que algunos no creen en que se trate de una comunicación intencional.

Karban y colegas sugirieron en febrero pasado que puede tratarse de una selección de familia: el emisor se beneficia al ayudar a sus parientes. Para ello se basaron en otro hallazgo: la comunicación era más efectiva entre arbustos relacionados genéticamente que con aquellas plantas más distanciadas.

Otros investigadores han comenzado a explorar otra clase de comunicación subterránea en la cual los mensajes son enviados a través del laberinto de filamentos de hongos que adornan las raíces de la mayoría de plantas del planeta, incluyendo cultivos como maíz, trigo, arroz y cebada.

Esa clase de comunicación, mediante una red común de micelios, fue demostrada por un grupo de investigadores de la Universidad de Agricultura del sur de China: la red condujo a una mayor resistencia a enfermedades en tomates sanos conectados a plantas que habían sido infectados con el hongo que causa el marchitamiento.

Los científicos encontraron que las señales provocan una rápida reacción, notándose los cambios en menos de 24 horas.

Un estudio previo demostró que en la selva existen grandes redes subterráneas que comunican docenas de árboles a más de 20 metros.

Una sorpresa
Pero en esto hay más. Un trabajo de Monica Gagliano de la Universidad del Oeste de Australia en Perth publicado en Plos One tras varios rechazos mostró que plántulas de ají germinan más rápido sembradas junto al hinojo. Al parecer son compensadas por la presencia de este, conocido por químicos que inhiben el crecimiento de otras plantas.

Al bloquearse todos los medios de comunicación, se sugiere que estas plantas se comunican por ultrasonido, un anuncio que causó conmoción aunque la sustentación de los resultados suscitó el apoyo de algunos científicos.

El ultrasonido ha sido sugerido como comunicación en otros estudios. Su existencia supone la presencia de un mecanismo sensorial en las plantas, que aún no ha sido hallado ni insinuado.

Para Gagliano puede ser cuestión de tiempo y recuerda que hace años, en 1983, también se rechazó como posible la comunicación entre las plantas, algo que hoy es aceptado como real.

Un mundo nuevo que apenas se abre. ¿De qué más conversarán las plantas?.

Comentarios

Entradas populares