Más brutos, dónde

Seguimos creyendo que el verde esmeralda de nuestros paisajes es eterno; las selvas, páramos y bosques, que deforestamos a velocidad sideral, infinitos; las fuentes hídricas, inagotables, así ya tengamos incontables cloacas por ríos.
 
Solo cuando la Naturaleza revienta por algún lado reconocemos que somos unos depredadores salvajes. Pero sin la menor intención de corregirnos. Hoy nos alarmamos y mañana seguiremos contaminando sin freno.

En el 2011, acompañada de un infatigable ambientalista casanareño –Rodrigo Roa–, fui hasta un paraje remoto para conocer el punto de inyección del pozo petrolero Dorotea, en zona rural de Paz de Ariporo (Casanare). Era un pequeño lugar donde inyectaban a la tierra, a diario, unos 630.000 litros de agua mezclada con aceites y ácidos. Multipliquen esas cantidades por cada punto y piensen si lo del cambio climático son exageraciones, como aún sostienen muchos dementes.

Como imaginan, la supervisión brillaba por su ausencia, no solo por la lejanía –demoramos 10 horas en llegar por caminos infames– sino porque no existe la menor voluntad política de reformar las corporaciones ambientales. Prefieren tener fortines burocráticos y nidos de corruptos antes que expertos independientes, entregados a su trabajo, con suficientes recursos.

En aquel viaje, un ingeniero de una importante petrolera, que pidió anonimato, reconoció que hacen lo que les provoca puesto que los controles son mínimos y las normativas, demasiado laxas. A fin de cuentas, para los gobiernos que solo piensan en la siguiente elección, que son casi todos, lo único importante es conseguir dinero rápido y fácil para financiar el populismo y el despilfarro. ¿Y de dónde, mejor que el subsuelo, pueden sacarlo a corto plazo? Para cuando la Tierra reviente y nos matemos por agua, ya no estarán en el cargo y serán otros los que paguen los platos rotos.

Por si faltara algo a la cadena de despropósitos, ahora la Corte Suprema bendice una aberración más: gobiernos, mineros y petroleros tienen carta blanca para arrasar campos y cerros, incluso contra la voluntad de los lugareños. No les importa que poblaciones enteras, como Nuevo Colón, en Boyacá, defiendan su paraíso verde y su cultura agrícola. Si a un gobierno le provoca transformarlo en un horror carbonero, lo hacen y se quedan tan frescos.

Lo peor del caso no es que nuestros dirigentes sean insensatos, sino que todos contribuyamos al desastre. Ni reciclamos, ni ahorramos agua, luz o gasolina, ni presionamos para que, por ejemplo, destierren de nuestra vida cotidiana el icopor, que demora once mil años en degradarse.

Seguimos creyendo que el verde esmeralda de nuestros paisajes es eterno; las selvas, páramos y bosques, que deforestamos a velocidad sideral, infinitos; las fuentes hídricas, inagotables, así ya tengamos incontables cloacas por ríos. Sigamos por esa vía y las catástrofes naturales arruinarán nuestras vidas.

NOTA 1: Como predije el domingo pasado, ‘Timochenko’ rechazó entregar a los torturadores y asesinos de los dos policías de Tumaco. Es consciente de que vivir rico, a lo capo, alejado del monte, cuesta un billete y son tipos como ellos, a las órdenes del ‘Dóctor’, los que lo sostienen. Además, qué importa si matan, secuestran, reclutan niños o violan menores. A sus atrocidades, Santos responde resucitando una comisión de paz momificada, dizque de la sociedad civil, para que aplaudan a los muchachos de La Habana. Verán la mano de lagartos con ganas de pantalla que pelearán para integrarla.

NOTA 2: No es elegante, pero les cuento que está en las librerías Acorralada, mi primera novela de no ficción. Ojalá no deje indiferente a quien la lea.

Salud Hernández-Mora

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