¿Quién le tiene miedo a la equidad?


El índice de Gini, que mide la concentración de ingresos, no sufrió un mínimo cambio entre el 2012 y el 2013, cuando los indicadores de pobreza disponibles muestran descensos significativos. Permaneció en 0,539, dato que mantiene a Colombia entre los países más desiguales de la región.

Cuando es evidente, según las últimas cifras del Dane, que la reducción de la pobreza no significa necesariamente disminución en la desigualdad en la distribución de los beneficios del desarrollo, del presidente Santos para abajo, todo el mundo ignora esta realidad.

Las cifras son contundentes: la pobreza monetaria continúa reduciéndose hasta llegar en el 2013 al 30,6 por ciento de la población, es decir, 820 mil personas lograron superar el año anterior su condición de pobres. La mayor reducción de la pobreza se presentó en las zonas rurales, en donde esta disminución fue de 4 puntos porcentuales, al pasar de 46,8 a 42,8 por ciento. Demasiado alto aún si se le compara, por ejemplo, con estos niveles en las 13 áreas metropolitanas colombianas, donde este índice es de 17,5 por ciento. Sin embargo, como en todo el país, la tendencia de la proporción de pobres en el campo es decreciente, aunque faltan años luz para que se cierre esta brecha.

También disminuye la pobreza extrema, que es lo mínimo que debe esperarse en un país como Colombia que está creciendo en términos económicos, no a los niveles que debería, pero sí a unos similares al promedio histórico: 4,3 por ciento en el 2013. La pobreza extrema, esa que avergüenza, disminuyó el último año, al pasar de representar el 10,4 por ciento de la población al 9,1 por ciento en el periodo considerado, y de nuevo fue en las zonas rurales, en donde el descenso fue mayor: 377 mil personas salieron de esta aberrante situación.

La pobreza multidimensional también se redujo y actualmente es el 24,8 por ciento, 2,2 puntos porcentuales menos que en el 2012. Este indicador, como lo define el Dane, “(…) mide de manera más directa los efectos de política pública para la reducción de la pobreza”, porque considera condiciones educativas, la situación de la niñez y la juventud, las características del trabajo y del sector salud, y los servicios públicos y la vivienda.

De nuevo, las zonas rurales fueron las de mayor descenso, 45,9 por ciento, cuando en el 2010 era 53,1 por ciento. Hasta aquí las buenas noticias, muy destacadas por el Gobierno y la mayoría de los medios de comunicación.

No obstante, la realidad es preocupante: el índice de Gini, que mide la concentración de ingresos en el país, no sufrió el más mínimo cambio entre el 2012 y el 2013, cuando todos los indicadores de pobreza disponibles muestran descensos significativos. Permaneció en el 0,539, dato que mantiene a Colombia entre los más desiguales de América Latina.
 
Pero hay muchos hechos más preocupantes: mientras la desigualdad de ingresos disminuye significativamente en las zonas rurales, al pasar el Gini de de 0,465 en el 2012 a 0,446 en el 2013, la concentración de ingreso no solo se elevó en las zonas urbanas, sino que el mayor deterioro se da en las áreas metropolitanas, al elevarse de 0,499 en el 2012 a 0,505 en el 2013. En términos sencillos: en las grandes ciudades, los ricos son cada vez más ricos, en términos de ingresos, y eso que falta el índice de concentración de riqueza, que debe ser mayor.

Si el peor problema de Colombia es que el desarrollo no distribuye de manera equitativa sus beneficios, sino que los concentra en las clases más favorecidas y en las ciudades, ¿por qué el Gobierno y los poderosos de este país se hacen los locos? De ahí la necesidad de responder la otra pregunta: ¿quién le teme a la equidad? Si esta respuesta no se sincera, nunca se podrá salir de la vergonzosa posición de ser uno de los países más injustos de la región y del mundo.

LE TEMEN

* Los sectores más ricos de la población colombiana. La razón: la mayor equidad solo se logra con transformaciones profundas: educación pública excelente y gratuita, acceso a capital y tierra, es decir una política universal, lo que exige que ellos, los individuos ricos, deban pagar muchos más impuestos. Además, dejar de hacerle ‘conejo’ al país. En realidad, a quienes les hacen daño es a los pobres, a los vulnerables y a las clases medias, que necesitan el apoyo, no limosnas del Estado.

* Los gobiernos, todos, de derecha y de centro. La razón: los grandes ricos mandan, y con una llamada al presidente de turno acaban con cualquier reforma tributaria que ‘los perjudique’. Algo similar hacen las enormes empresas nacionales e internacionales.

* Los partidos políticos. La razón: no hay nada más impopular que plantear impuestos, y ellos prefieren los votos que el bienestar de los sectores que necesitan recursos públicos para promover su desarrollo.

* Los economistas ortodoxos. La razón: su idea es que son los grandes capitales los que crean desarrollo y desprecian el papel del Estado para lograr equidad. Ese es el discurso de los últimos 20 años en Colombia, cuando el peso de los impuestos sobre el PIB, como dice Salomón Kalmanovitz, es del 13 por ciento del PIB y debería acercarse al menos al 30 por ciento, según José Luis Rodríguez Zapatero, expresidente de España.

Cómo será el poder que tienen estos sectores, todos unidos por intereses similares, para que nada cambie en términos de concentración de poder, que, como también afirma Kalmanovitz, “la bonanza de Colombia fue aprovechada para que el Gobierno les permitiera a los ricos tributar menos”.

El mensaje es claro para que el Gobierno ponga sus éxitos en la perspectiva real: los pobres están mejorando sus ingresos, pero los ricos los están incrementando más. Y estas situaciones, si se mira la historia, son insostenibles. El precio es la ingobernabilidad, cuando sectores con más capacidad de reacción se rebelen por los privilegios de los que cada vez tienen más.



Portafolio.co
Cecilia López Montaño
Exministra – Exsenadora

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