La noche del campesino

España echó en sus barcos todo desempleado pendenciero que allá incomodaba para traerlo a matar indios y a comer indias. Del empeño salieron nuevos cruzados —pero de sangre— que crearon los primeros núcleos de campesinos libres (medio artesanos también). La República liquidó resguardos y aumentó con indios libres de tierra —desposeídos— el mestizaje.

Sobrevivieron donde las guerras civiles los dejaron a la deriva. Todos a una tumbaron selvas, tierras sin caminos o tierras secas. Las guerras les enseñaron la geografía y el uso de las armas. Cuando el tabaco, el añil y el café se volvieron rentables, los empresarios y los terratenientes se volcaron a usufructuar las tierras que los campesinos habían hecho o hacían. Fue el tiempo de las peleas por los baldíos y contra las formas serviles de “asociación” con los patronos: los años 20 y 30. En la décadas siguientes fueron perseguidos con saña criminal para quitarles, a nombre del orden, las tierras de los valles del Cauca, del Magdalena, del Sinú. O empujarlos a machete de las tierras cafeteras de cordillera ganadas a las concesiones territoriales. La reacción fue también violenta y las guerrillas pulularon. 

Entonces el establecimiento —como lo llamó Lleras Camargo— inventó a Rojas Pinilla y adoptó por orden de EE.UU. la reforma agraria. Se ajustaron así los primeros 300.000 muertos. Ni lo uno ni lo otro ni lo otro detuvieron las oleadas de campesinos tras las tierras baldías de los piedemontes de oriente ni la ocupación a las faldas de las sierras y serranías del norte —Nevada, Perijá, San Lucas—, ni la invasión de haciendas en la costa. A esas zonas alejadas, pero también codiciadas, huían para poder trabajar como hombres y mujeres libres, como colonos. Allí, a su brega dura y muda, llegaron un día la marihuana y al otro día la coca y los horizontes se hicieron claros: todo lo pedido y negado por siglos fue obtenido de la noche a la mañana. Con la coca se tenía todo: precios buenos, créditos baratos, autoridades asequibles. Y con la plata que dejaba la coca se rehizo la guerra: fue la munición de todo fusil —oficial, paraoficial o insurrecto—. 
Comenzó la nueva cuenta de muertos: 500.000 nuevos cadáveres. Los ríos se convirtieron en cementerios; las cabezas, en balones de fútbol. El dinero y la sangre inundaron el país. Tiempos de huida, de engarruñamiento, de soledad. Años de seguridad para matar y comer del muerto.

Ahora, hoy, mientras en La Habana con una mano se trata de acabar con la muerte a las buenas, en las oficinas del alto gobierno en Bogotá se trata de acabar con los campesinos a las malas: desapareciéndolos de toda papelería oficial, ofreciéndoles las lentejas de las Alianzas Productivas a cambio de las zonas donde podrían defender su existencia como cultura y como economía, y recuperar su voz y hacer valer su voto. Los grandes empresarios no quieren campesinos libres sino trabajadores rurales de sus fazendas agroindustriales, siervos sin tierra, aparceros sueltos en manos de capataces. El formidable movimiento agrario que se prepara no es otra cosa que un nuevo intento por atravesarse al plan de la desaparición forzada de una clase que hoy por hoy alimenta el país. El arreglo de La Habana no se puede gemeliar con el desmantelamiento de un campesinado que ha sobrevivido a todas las guerras.

Punto seguido. El viernes se instaló el decimoprimer congreso de la Federación Sindical Unitaria Agropecuaria, con un mercado campesino, en la Plaza de Bolívar de Bogotá. Los mercados campesinos —verdes, de hecho— tienen lugar en numerosos barrios de las grandes ciudades, incluidas Medellín, Cali, Neiva, y en más de 100 cabeceras municipales. Son la herramienta complementaria a las Zonas de Reserva Campesina y la gran arma para enfrentar los TLC, las medidas de la Organización Mundial del Comercio —siempre gravosas— y la especulación de las Centrales Mayoristas. Naciones Unidas y la FAO los respaldan ampliamente.

Alfredo Molano - ElEspectador

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