Educación rural: un mínimo indiscutible para la paz

Andrea Parra Triana*

Colombia es un país rural que ha olvidado su ruralidad. Las brechas entre lo rural y lo urbano son producto del desconocimiento y la desatención histórica a los campesinos, que suman el 30% de la población, según cifras aportadas por la Misión para la Transformación del Campo en 2015.

Otras cifras presentadas por la Misión alarman sobre la situación actual en Colombia: la cobertura para educación media es apenas del 25% para las zonas rurales mientras que en las urbanas alcanza el 45% y las brechas se incrementan a medida que aumenta el nivel educativo. El 24% de los jóvenes entre 17 y 25 años en zonas rurales no trabajan ni estudian. De otro lado, según resultados del Censo Nacional Agropecuario (Dane 2014), el 20% de la población rural entre los 6 y los 16 años no asiste al colegio.

La realidad de los campesinos frente al acceso a salud, recreación, servicios, vivienda, tenencia de la tierra o acceso a pensiones no es más alentadora. La coyuntura actual, en la que se ha puesto sobre la mesa la solución negociada al conflicto armado ha evidenciado esta situación, enmascarada durante décadas detrás de la crudeza de la guerra en la que los habitantes rurales han sido los más golpeados.

El fin del conflicto armado pasa por garantizar los derechos fundamentales a la población campesina y brindar posibilidades que aseguren inclusión, equidad y reducción de brechas. Existen propuestas importantes; sin embargo, más que un compromiso de gobierno, esta debe ser una apuesta de Estado que aún sigue sin concretarse.

La educación como motor para la transformación y como condición básica para la inclusión social tiene todo para aportar en este camino. Existe una pregunta de fondo frente al tipo de educación que se está ofreciendo en el campo; el número de campesinos fuera del sistema educativo nos habla de acceso, pero también de calidad y pertinencia. Es necesario pensar en una educación que responda a los sueños y necesidades de los jóvenes rurales hoy y esto pasa por construir nuevos imaginarios sobre el campo, más allá de la contraposición a lo urbano o de la necesidad de formar en el uso productivo de la tierra. Ni el campo ni sus habitantes son los mismos de hace 50 años; al igual que la ciudad, el campo se transforma, se reconstruye, tiende lazos hacia adentro de las comunidades y hacia afuera con el mundo que está al alcance de las tecnologías de la comunicación.

La educación rural debe leer las condiciones particulares de los territorios, fortalecer las culturas propias, articularse con las apuestas productivas de las regiones, pero también garantizar a los niños y jóvenes el derecho a acceder al conocimiento universal, al arte, la música, la literatura, la ciencia y el juego… y esto implica pensar en otras alternativas no formuladas exclusivamente en función del trabajo de la tierra o de las actividades económicas del sector. Implica también proyectar una nueva lectura del papel histórico del campesinado partiendo de la igualdad de accesos y oportunidades.

Urge generar nuevas estrategias que entiendan que es posible la creación de una escuela construida desde las necesidades de los contextos, en diálogo con lo universal y que se pueda articular desde el vínculo comunitario propio de las zonas rurales. Esta transformación implica que todos aportemos a la misma meta, partiendo del reconocimiento de la ruralidad y sus condiciones geográficas y culturales. Los proyectos en educación deben considerar el diálogo con escuelas dispersas, ofreciendo oportunidades a las personas que solo pueden ejercer sus derechos en la medida en que logran acceder a un centro urbano. Aunque esto implica un mayor esfuerzo, marca un cambio importante para continuar cerrando brechas.


* Gerente del proyecto Ola Escolar en la Fundación Empresarios por la Educación, una organización de la sociedad civil que conecta sueños, proyectos, actores y recursos para contribuir al mejoramiento de la calidad educativa.