Nos ven la cara de idiotas

David Santos Gómez
David Santos Gómez - ElColombiano.com

Colombia es un país que acepta inaceptables. Una nación que transita con demasiada frecuencia los valles del conformismo mientras se repite como un mantra esa perversa frase de que todo puede ser peor. Que es preferible no buscar lo que no se ha perdido. Apoltronados en la silla de la resignación nos adormece desde hace décadas ese sopor de apatía, como de atardecer costeño, que es social pero atraviesa inevitablemente lo político y al cual le debemos unos cuantos incapaces y corruptos en el poder.

Dentro de ese amplio espectro deshonesto que abarca a muchos de nuestros gobernantes se hace evidente que, una vez en el trono, no hay potestad social o legal que los tumbe. Quizá -piensan- un par de desgraciados serán los chivos expiatorios de la rabia acumulada y estalle un escándalo como el de Samuel Moreno o el de Kiko Gómez, pero –se tranquilizan entre ellos- las aguas se calmarán para que la corruptela siga operando.

La realidad territorial es tan apabullante, tan mal narrada por los medios masivos de comunicación, tan distorsionada por las autoridades y los fiscalizadores; que parece incorregible. Entonces la recibimos así, como viene, como una maldición que trasciende generaciones y debe ser aceptada porque es imposible de conjurar.

Algunos deciden marchar por el campo, por los indígenas, por la salud. Por el desastre agrícola, por la educación insuficiente. La estigmatización les cae como un cielo de plomo y los esfuma sin apenas escuchar su voz. Cuando el Gobierno reconoce algún traspié (esas tales marchas no existen) promete lo que después incumplirá. Apaga el incendio con un fuego futuro.

Hay mucho que aprenderle a los vecinos que se alzan en exigencias. Antes, ahora y después. A Ecuador y a Argentina y a Venezuela y a México y a Chile. Es necesario plantar con fuerza las opiniones o marcharlas o escribirlas o grabarlas o gritarlas.

No es posible que se secuestre a un trío de periodistas y se le llame retención, o que la ministra de educación plagie un proyecto para presentarlo a nombre de su cartera o que el alcalde de la capital mienta sobre sus logros académicos. No es posible que Juan Manuel Santos se muestre muy indignado por el descubrimiento del Bronx cuando lleva seis años gobernando en un Palacio que queda a seis cuadras de ese infierno. Nos ven la cara de idiotas.