Una escuela para conversar

Andrea Parra Triana*

Una de las consecuencias de la guerra es el silencio; el silencio que produce el miedo y que se manifiesta de múltiples maneras. Un país que está construyendo un futuro posible al margen del conflicto armado debe brindar espacios para romper este silencio, porque al fin de cuentas palabra y memoria están estrechamente relacionadas.

En esta mirada de país los habitantes rurales, que tan de cerca han vivido el miedo y que son los que más tienen que decir sobre sus territorios, deben hablar y ser escuchados en el marco de un diálogo legítimo e igualitario. Es un diálogo que no se agota en los encuentros institucionales ni en las comisiones de esclarecimiento de la verdad, sino que, como propone el maestro Nicolás Buenaventura, considera la importancia de “hablar por hablar”, de poner en juego opiniones, sentires, saberes y vivencias personales, historias que han sido invisibilizadas y desde las que se construyen identidades locales que le aportan al relato de una nueva nación posible.

El diálogo como estrategia, pero también como posibilidad cotidiana y espontánea de expresión, encuentra un escenario natural en la escuela rural que sigue siendo punto de encuentro de la comunidad. No se trata entonces de una escuela dedicada a impartir conocimientos, sino de un escenario que se construye a través del diálogo en el que los protagonistas son niños y adultos juntos y en el que se ponen en el centro las personas y las relaciones que se tejen entre ellas. Es necesario que además de los saberes disciplinares, la escuela dé valor a los procesos que se desarrollan en el ámbito cotidiano y al hecho mismo de compartir un territorio común.

En este sentido, existen cuestiones fundamentales que se tramitan a través de la conversación y que es necesario que se pongan sobre la mesa en las escuelas: ¿Cómo ayudar a resolver las preguntas que los niños tienen sobre la guerra?, ¿Cómo han vivido ellos el conflicto?, ¿Cómo elaborar la memoria de la guerra desde las escuelas y proyectar futuros compartidos?, ¿Cómo evidenciar distintos relatos (que representan diversos frentes del conflicto) que se juntan en un solo salón de clase?, ¿Cómo dialoga la escuela con las historias personales de niños y adultos?... Las preguntas son muchas y el reto no es menor, sobre todo para los maestros del campo. Y es que si se espera que la construcción de conocimiento parta del contexto, ¿Cómo no hacer frente a las realidades del campo y al desconocimiento histórico de este territorio?

Es importante que los actores de la escuela rural adviertan que las historias que ellos construyen en lo local se vinculan con sus territorios y le aportan a un momento histórico que vive el país y que también se ha dado en otras partes del mundo. Esto pasa por reivindicar la voz de los habitantes rurales, por re-pensar su papel histórico y por asumir el protagonismo de su propio desarrollo.

Es vital que Estado y sociedad entera recuperen y construyan la capacidad de escuchar, de valorar al otro y de ver en el diálogo una posibilidad de vincular mundos existentes; es necesario que se abran, desde lo cotidiano y desde lo institucional, espacios para conversar, para intercambiar saberes, pensar y actuar alrededor de otros mundos posibles. En esta tarea, la escuela tiene un papel fundamental.

*Gerente del proyecto Ola Escolar en la Fundación Empresarios por la Educación, una organización de la sociedad civil que conecta sueños, proyectos, actores y recursos para contribuir al mejoramiento de la calidad educativa.