La profecía que sí se cumplió


Autor: Jorge Arango Mejía - www.elmnudo.com
10 de Julio de 2016               

Corría el año de 1957. Cuba padecía bajo el gobierno del exsargento Fulgencio Batista. Sin embargo, aún subsistía la estructura del sistema democrático. Por ello, existía el Senado. En su recinto, el senador RAFAEL DÍAZ BALART pronunció un discurso que ha pasado a la historia como “la profecía que si se cumplió”. En él se refiere a las consecuencias que para la libertad de la Isla, acaso la nación más culta de América Latina, tendría la amnistía que esa corporación discutía, para concederla a los responsables del asalto al cuartel “Moncada”, que llevaran a cabo Fidel Castro Ruz y otros, el 26 de julio de 1955. Consistía la amnistía en rebajar la condena a Castro y sus compañeros, para que salieran inmediatamente de la prisión de la “Isla de Pinos”, en la cual estaban recluidos. Sostuvo Díaz Balart, en esa formidable pieza oratoria, que la rebaja de la pena impuesta a los sublevados, marcaría el comienzo de una dictadura sangrienta, que arrasaría con las libertades públicas por muchísimos años. Aquí están sus palabras:


“Señor presidente y señores representantes:


He pedido la palabra para explicar mi voto, porque deseo hacer constar ante mis compañeros legisladores, ante el pueblo de Cuba y ante la historia, mi opinión y mi actitud en relación con la amnistía que esta Cámara acaba de aprobar y contra la cual me he manifestado tan reiterada y enérgicamente. No me han convencido en lo más mínimo los argumentos de la casi totalidad de esta Cámara a favor de esa amnistía. Que quede bien claro que soy partidario decidido de toda medida a favor de la paz y la fraternidad entre todos los cubanos, de cualquier partido político o de ningún partido, partidarios o adversarios del gobierno. Y en ese espíritu sería igualmente partidario decidido de esta amnistía cualquier o de cualquier otra amnistía. Pero una amnistía debe ser un instrumento de pacificación y de fraternidad, debe formar parte de un proceso de desarme moral de las pasiones y de los odios, debe ser una pieza en el engranaje de unas reglas de juego bien definidas, aceptadas directa o indirectamente por los distintos protagonistas del que se esté viviendo en una nación. Y esta amnistía que acabamos de votar desgraciadamente es todo lo contrario. Fidel Castro y su grupo han declarado reiterada y airadamente desde la cómoda cárcel en que se encuentran, que solamente saldrán de esa para continuar preparando nuevos hechos violentos, para continuar utilizando todos los medios en la búsqueda del poder total a que aspiran. Se han negado a participar en todo proceso de pacificación y amenazan por igual a los miembros del gobierno que a los de la oposición que deseen caminos de paz, que trabajen en favor de soluciones electorales y democráticas, que pongan en manos del pueblo cubano la solución del actual drama que vive nuestra patria. Ellos no quieren paz. No quieren solución nacional de tipo alguno, no quieren democracia ni elecciones ni confraternidad. Fidel Castro y su grupo solamente quieren una cosa: el poder, pero el poder total, que les permita destruir definitivamente todo vestigio de Constitución y de ley en Cuba, para instaurar la más cruel, la más bárbara tiranía, una tiranía que enseñará al pueblo el verdadero significado de lo que es la tiranía, un régimen totalitario, inescrupuloso, ladrón y asesino que sería muy difícil de derrocar por lo menos en veinte años. Porque Fidel Castro no es más que un psicópata fascista, que solamente podría pactar desde el poder con las fuerzas del comunismo internacional, porque ya el fascismo fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial, y solamente el comunismo le daría a Fidel el ropaje seudoideológico para asesinar, robar, violar impunemente todos los derechos y para destruir en forma definitiva todo el acervo espiritual, histórico, moral y jurídico de nuestra República. Desgraciadamente hay quienes, desde nuestro propio gobierno, tampoco desean soluciones democráticas, y electorales, porque saben que no pueden ser electos ni concejales en el más pequeño de nuestros municipios.


Pero no quiero cansar más a mis compañeros representantes. La opinión pública del país ha sido movilizada en favor de esta amnistía. Y los principales jerarcas de nuestro gobierno no han tenido la claridad y la firmeza necesarias para ver y decidir lo más conveniente al Presidente, al gobierno y, sobre todo, a Cuba. Creo que están haciéndole un flaco servicio al presidente Batista, sus ministros y consejeros que no han sabido mantenerse firmes frente a las presiones de la prensa, la radio y la televisión. Creo que esta amnistía, tan imprudentemente aprobada, traerá días, muchos días de luto, de dolor, de sangre y de miseria al pueblo cubano, aunque ese propio pueblo no lo vea así en estos momentos.


Pido a Dios que la mayoría de ese pueblo y la mayoría de mis compañeros representantes aquí presentes, sean los que tengan la razón”.


¿Cómo no ver, en esa amnistía tramposa e indebida, un pálido reflejo de la que concedería, sesenta años después, el Tratado “Santos- Timochenko” a los diez mil asesinos, secuestradores, extorsionistas, narcotraficantes y violadores de la organización criminal llamada Farc? Tratado por medio del cual Santos, que, al decir de William Faulkner, no puede cambiar, como traidor que es, ¡traicionó a la república de Colombia y a sus cuarenta y ocho millones de habitantes…! Así como antes había traicionado al Partido Liberal, a Álvaro Uribe Vélez, “a Raimundo y a todo el mundo!”…


Y así va Colombia bajo el seudogobierno de este pelele: agobiadas sus gentes por la insoportable carestía; desconocidos y marginados miles de camioneros, que luchan contra el hambre al cual los condenan la ineptitud y la desidia del más Santo de los Santos, y de los payasos que lo rodean -como Garzón, el histrión que vegeta, ebrio siempre, en los predios de la burocracia, traidor también a su clase; ignorados y ofendidos millones de campesinos, cuya rebeldía no despertó reacción diferente en el sujeto que desgobierna y deshonra a Colombia, que aquella pregunta estúpida: ¿cuál paro agrario?


Para desgracia de todos, y para nuestra vergüenza, ¡aquí jamás habrá una protesta popular que limpie de su inmundicia los “establos de Augias” en que el inefable “Juampa” ha convertido la Casa de Nariño!


P. S.: aquí me quedo, en espera de la denuncia que, por calumnia e injuria, formule contra mí el agraciado… ¡A mis jueces me atengo!

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