¿A la paz por la mentira y la propaganda?

Autor: Jorge Arango Mejía - El Mundo
 
Hace algún tiempo publiqué en esta columna los Once Principios de la Propaganda Nazi, de Goebbels. Dije que ellos se pondrían en práctica en la campaña del gobierno para hacer que los colombianos aprobaran el Acuerdo que se firmaría en La Habana por los delegados del presidente Santos y de los bandoleros de las Farc. Así ha ocurrido. Basta recordar algunos de tales principios.


“1.- Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único Símbolo; Individualizar al adversario en un único enemigo.”


“2.- Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo; Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.”


Es evidente que Santos y sus amigotes han inventado un enemigo único, que reúne adversarios diversos: los enemigos de la paz. Esa expresión comprende a quienes defendemos el orden jurídico, es decir, el Estado de Derecho; los valores fundamentales de la democracia liberal, basada en que el hombre es el fin y la comunidad, el medio; los derechos del hombre como razón y fin de las leyes. A estos hay que sumar los que rechazamos todos los sistemas totalitarios de izquierda y de derecha. Y por supuesto, quienes pensamos que la paz no es el bien supremo, pues por encima de ella están la justicia y el respeto a los derechos de los demás. Una paz basada en la impunidad absoluta de los criminales no es verdadera paz, sino el fruto de la arbitrariedad o de las vías de hecho contra el derecho.


“6.- Principio de orquestación. -La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas’. De aquí viene también la famosa frase: -Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad’”.


Aquí se ha dicho y se repite sin cesar que vamos a terminar una guerra de más de cincuenta años. Por definición, la guerra supone la confrontación entre dos naciones, cuando es internacional; y entre dos bandos de una misma nación, cuando es la llamada guerra civil, por ejemplo, la de los Mil Días, en Colombia, o la de Secesión, entre los Confederados y los Federalistas, en los Estados Unidos de América. Pero, ¿cómo hablar de guerra entre unas bandas criminales que jamás llegaron a ocho mil hombres armados y una nación de más de cuarenta y ocho millones de habitantes? Es evidente que las Farc son delincuencia común, solamente diferente de la que causa la inseguridad de todos los campos y aldeas, por su organización. No soy ni pretendo ser profeta; y menos aún, profeta de desastres. Pero sostengo que el precedente que se sienta ahora, al negociar con estas bandas de delincuentes, a las cuales se reconoce como contraparte válida del Estado, conducirá, en un futuro próximo, a pactar con las que hoy se denominan “bacrim” y con delincuentes organizados que se dedican al narcotráfico y a otras transgresiones de la ley penal.


Otra gran mentira sobre la cual se ha montado la tragicomedia de La Habana, consiste en sostener que es imposible que las Fuerzas Armadas de la República, impongan el orden público. La verdad es la contraria: si en el Gobierno existe la voluntad de combatir a los delincuentes, se dota de armamento a las fuerzas del orden, y se las deja actuar: así imponen el orden, siempre dentro de la ley, y con respeto a los derechos fundamentales, Fue lo que aconteció entre el 2002 y el 2010, período en el cual las Farc, de derrota en derrota, se convencieron de la imposibilidad de alcanzar el poder por medio de las armas.


“11.- Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente que se piensa ‘como todo el mundo’, creando impresión de unanimidad.”


La campaña gigantesca de propaganda está encaminada a convencer a los colombianos de que todo el mundo quiere la paz a cualquier precio. Que quien opina en forma diferente es como un animal raro, alejado del rebaño. Que está solo, por llevarles la contraria a todos. Eso es falso: quienes pensamos que están equivocados, no estamos solos.


Y una última consideración. Santos ordenó a todos sus ministros hacer a un lado los deberes de sus respectivos cargos y dedicarse a hacer campaña por el SÍ. Con esto quebrantó ostensiblemente dos de las bases de la función pública:


La primera, que no hay “empleo público que no tenga funciones detalladas en ley o reglamento”, según el artículo 122 de la Constitución. Norma que dispone, en su inciso segundo, que “Ningún servidor público entrará a ejercer su cargo sin prestar juramento de cumplir y defender la Constitución y desempeñar los deberes que le incumben.” Los ministros, sin pensarlo dos veces, han obedecido la voz del amo. Lo que implica que hasta el 2 de octubre abandonarán “los deberes que les incumben”, y trabajaran solamente con el fin de convencer a los colombianos de “apoyar” el Tratado Timochenko- Santos. Lo cual supone faltar al juramento que prestaron al posesionarse.


La segunda es evidente. Santos y sus ministros cometen, además, otro delito o al menos una falta disciplinaria grave. La sentencia que declaró constitucional la ley que reglamentó el plebiscito, prohibió expresamente gastar dineros públicos en la campaña por el sí. ¿De dónde sale el dinero de los sueldos de los ministros y del propio Santos? Del tesoro público. Así Santos se ríe otra vez de la Constitución y de las órdenes de los jueces.


¡Cómo vamos, vamos mal! ¡No podríamos ir peor! No importa lo que pregone la propaganda oficial, pagada con los impuestos de todos…

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