¡No leer no excusa!

José Alvear Sanín          
                                     
Simón Gaviria Muñoz se hizo famoso por no leer las reformas constitucionales que firmaba como presidente de la Cámara de Representantes. Pero no es el único. Varias docenas de dirigentes han manifestado que, a pesar de muchos puntos que encuentran inconvenientes en el acuerdo, votarán Sí, sin especificar qué les parece malo, porque probablemente no han leído el mamotreto.

Nunca antes ha sido tan válida la máxima de que “la ignorancia de la ley no sirve de excusa”, porque, ¿cómo es posible que ilustres profesionales, del derecho y la economía especialmente, puedan aceptar lo que trae lo impuesto por las Farc, confiados en que “a la final” no pasará nada?

Basta con una rápida lectura de lo previsto sobre “justicia especial de paz” para sentir escalofríos, porque con su formulación se derogan en Colombia todos los principios generales del derecho y de las garantías ciudadanas. Quien lea lo referente a la reforma rural integral observará cómo se establece un régimen agrario afín al cubano, incapaz de generar algo distinto de hambruna. Quien mire lo de la verdad histórica debe prepararse para tolerar la indoctrinación de las nuevas generaciones, siguiendo la línea gramsciana; quien lea la consagración de la ideología de género como precepto constitucional jamás entenderá la culpable pasividad episcopal ni la inconcebible participación del secretario de Estado del Vaticano en la grotesca mojiganga cartagenera
Y así, sucesivamente…

Muy pocos han leído los sucesivos programas de las Farc, omisión antes hasta cierto punto excusable, porque nadie esperaba verlos en el poder. Ahora, en cambio, no es tolerable: en los Llanos del Yarí, después de la primera mojiganga, una larga conferencia de las Farc a puerta cerrada acaba de producir un documento de 19 páginas con el título de “Tesis para discusión”, aunque más bien debería llamarse “Tesis para imposición”. En él se reconoce: “Nos seguiremos orientando por un ideario inspirado en el marxismo, el leninismo, el pensamiento emancipatorio bolivariano y, en general, en las fuentes del pensamiento crítico y revolucionario de los pueblos”. En ninguna de sus páginas se oculta lo que piensan ni lo que van a hacer.
Concluyen reconociendo que lo de La Habana es apenas un paso hacia el poder, porque el “acuerdo final” no lo es tanto, dado que “bien puede conducir hacia un proceso constituyente abierto, en el cual se vayan edificando las bases de un nuevo poder social”.

Al contrario del discurso ambiguo, falaz, indirecto, acomodaticio y engañoso, de un gobierno que anestesia al país, el lenguaje de las Farc es claro, directo, consecuente y congruente, porque no oculta nada de sus fines. Quien los lee sabe lo que vendrá. Así Timo se atreva inclusive a invocar la bendición de Dios para atraer la benevolencia de los perplejos ciudadanos que todavía recuerdan lo que esos individuos le han hecho al país.

No podemos pedirles a los 30 millones del censo electoral que lean, analicen y ponderen el tamaño de los cocodrilos que hay que tragar, pero, aun faltando apenas horas, sí debemos exigir a los “dirigentes” que lean el larguísimo acuerdo y actúen en conciencia, rechazándolo si son demócratas de verdad, o declarándose marxistas y revolucionarios, si eso es lo que quieren para el país.

Recordemos lo que les pasó a los alemanes porque sus dirigentes no leyeron “Mein Kampf” (publicado en julio 1925), donde Hitler no disimulaba lo que pensaba hacer. Llegó en 1933 al poder por la vía electoral, como ahora quieren las Farc, para eliminar rápidamente el estado de derecho y sumir a su país en la dictadura totalitaria que los llevaría a la guerra, la ruina y la muerte de diez millones de compatriotas.
Aquí van a pasar cosas terribles, claramente anunciadas por las Farc en un país con dirigentes políticos, religiosos, judiciales, mediáticos y empresariales que no leen, como Simoncito…

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