La Paz, un elefante blanco

Óscar Henao Mejía - ElColombiano.com
 
Voté por el Sí, con la esperanza de abrir una nueva página para el país. Sentí desilusión con los resultados del escrutinio; pero, poco a poco, con las declaraciones desde las tres orillas, y la voluntad para encontrar consensos, entendí que se abría otra oportunidad, posiblemente más consolidada, que conjurara la polarización que parecía inevitable.

Contrario a lo ocurrido en la contienda electoral, en la que prevalecieron resentimientos viscerales, después del escrutinio los representantes de las distintas posiciones mostraron nobleza en sus declaraciones. Fue alentadora, por ejemplo, la comunicación de las Farc en el sentido de que siguen interesados en el proceso, persisten en el cese de hostilidades, y no volverán a la guerra. Este era uno de los miedos con el rechazo al Acuerdo. Por fortuna, prevaleció la sensatez y la voluntad para persistir en lo que se hizo más claro: que la paz es un anhelo, no sólo de los que votamos por el Sí, sino de todos los colombianos.

Muchos de quienes respaldamos el Acuerdo, teníamos obvias distancias con asuntos allí pactados. Es el momento para renegociar los sapos que habíamos aceptado tragar. En lo personal, me incomodaba que, hasta la firma del documento, no tuviéramos información sobre los activos de la guerrilla, y fuera incierta su participación en los costos del posconflicto, particularmente en la reparación a las víctimas.

“Lo importante es cuando reacomodas las piezas y juegas de nuevo”. Esa frase, que encontré en las redes sociales, traza el camino de lo que sigue para recuperar la construcción de la paz. Se ha dado la coyuntura para que tengamos un ejercicio de reconciliación. Es un momento crucial en el que el futuro del país depende de la inteligencia y el sentido de humanidad de los ciudadanos. Los colombianos se han formado en los últimos años una pésima imagen de los políticos. Es la oportunidad para resarcir esa sensación, y mostrar su capacidad para conjurar la profunda crisis que hoy pone en jaque al país.

Urge un Pacto Nacional para transformar la actual crisis en una oportunidad, y fortalecer el camino hacia una paz sólida. Todas las señales apuntan a que hay voluntad para ello. El asunto es explorar, con inteligencia, nobleza y generosidad, cómo recomponer lo pactado, y definir una mejor agenda para el crecimiento del país. No partimos de cero. Lo construido durante cuatro años no puede ser desechado. Ahí hay un trabajo importante adelantado. Ojalá vayamos ahora, puntualmente, a los desacuerdos con lo pactado en La Habana.

Lo más complejo será el reto educativo para cambiar los modos bárbaros de sentir y comunicarnos, que se nos han vuelto habituales. Hoy somos la generación de la guerra. Hay que construir la generación de la paz, de la reconciliación y del perdón. Otro desafío será la formación política, que minimice la vergonzosa abstención en las urnas. Un 63 % de indiferencia con lo que pasa en el país es motivo de enorme preocupación. Quiere decir que nuestro nivel ciudadano es todavía muy bajo, y que hay largo trabajo por hacer. Todavía nos bastamos con las sensaciones de lo más cercano, de lo personal, pero no tenemos sentido de comunidad ni de país. Para solucionarlo no acertaríamos con la definición del voto obligatorio. Más grave sería la situación, pues la mayoría de los sufragantes no sabría por qué está votando. Esto nos conduciría de nuevo a la “Patria Boba”.

Ojala persista la disposición propositiva expresada después del escrutinio, que prime la paz, y no emerjan intereses politiqueros. De lo contrario, nuestra esperanza será, como tantos otros proyectos del país, otro elefante blanco.

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