Santos, cada vez más lejos de la democracia

Autor: Alfonso Monsalve Solórzano - ElMundo.com

La democracia es dura de aceptar cuando se pierde. Pero no hay opción, o se acata la regla de mayoría o se transita el camino a la dictadura. Esta es la ruta que viene transitando el presidente Santos en su intento por desconocer el veredicto de las urnas en el pasado plebiscito que perdió a pesar de que lo diseñó todo para ganarlo, sin que importara presión, mermelada, amenazas o mentiras.

Abusando de su poder, y muy al estilo chavista, aparece en televisión a las siete de la noche todos los días para deslegitimar el triunfo del no y preparar su desconocimiento, intimidando a los ciudadanos con la extraña teoría de que sólo tramitará aquellas observaciones que los líderes del no han hecho, si estas no son, según su criterio (¿?!!!), inviables; y que cumplirá con el mandato que le dieron los colombianos cuando lo eligieron para su segundo período, así como el que, cree, le otorgó la “comunidad internacional”, en virtud de que obtuvo el premio Nobel.

Santos ganó las elecciones de 2014 con el objetivo de obtener la paz, -sin entrar a discutir todas las maniobras (mermelada a cántaros, persecución judicial, etc.) que hizo para reducir al candidato de la oposición-. Los colombianos aceptamos su triunfo, también ajustado, por cierto.

El presidente se gastó todo este tiempo en firmar un acuerdo de paz con las Farc, que resultó rechazado, cuando lo puso en consideración mediante el mecanismo del plebiscito, a pesar de que este fue burdamente acomodado a sus condiciones. De manera que el mandato del 2014 fue sustituido por el del 2016, por el mecanismo formal de expresión de la voluntad popular, avalado por la Corte Constitucional.

En efecto, lo que el pueblo decidió fue negar la amañada pregunta plebiscitaria. En este sentido, el presidente no tiene ahora un aval democrático por las propuestas del sí, no puede seguir actuando como si nada hubiese pasado, está completamente deslegitimado. Por eso, miembros de la comunidad internacional y periodistas extranjeros se asombran de que la decisión popular no haya tenido consecuencias políticas y Santos permanezca en el poder, cuando, si hubiese sido consecuente, habría tenido que renunciar, como lo escribí hace ocho días y ahora lo dice el expresidente español José María Aznar. Tampoco, impulsar, como lo señaló con diafanidad el expresidente Pastrana, un doble golpe de estado -primero, cambiando la Constitución por el fallido acuerdo; y luego, tratando de imponerlo a los colombianos- buscando instrumentalizar a la Corte Constitucional para que entierre nuestra Carta Magna, de la que ella es su guardiana. Y esto, argumentando un supuesto clamor popular y un premio Nobel discutido, en razón de los intereses obscuros de los que lo promovieron y otorgaron en Noruega (a los que también me referí en el pasado artículo), y que, desde luego, aun si hubiese sido transparente, no lo autoriza a violentar la democracia nacional. Santos se parece cada vez más a Maduro: no duda en traspasar los límites del estado de derecho para imponer la voluntad de una minoría.

Lo que el presidente, si fuese un demócrata, debería hacer, es sumarse a la propuesta de un pacto nacional por la paz, que nos incluya a todos los colombianos, que respete el estado de derecho y satisfaga las líneas rojas que defendieron los del no y los anhelos de paz de los ciudadanos, e integrar una mesa técnica con el gobierno, las Farc y los voceros del no, “para hacer un examen desprevenido de las observaciones que éstos han presentado“, de acuerdo a la declaración del expresidente Uribe (www.periodicodebate.com. 20.10.2016), quien, además, ha ofrecido sacar la negociación así concebida, del debate electoral del 2018, para que se elimine el temor de que se use políticamente.

El momento es propicio. La gobernabilidad de Santos es cada día peor y comienza a dar palos de ciego, hasta el punto de que utiliza la tensión que produce el asunto de los acuerdos para distraer la atención ciudadana sobre tópicos candentes, como la reforma tributaria que amenaza con castigarnos con un aumento del IVA al 19%, un monotributo a tenderos y otro sinfín de medidas que significarán un raponazo a los colombianos, especialmente, los más pobres. Creo que Santos sólo cederá si hay presión popular. Hay que hacerla. Y es el momento de que nos planteemos si ya le llegó la hora de irse.

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