Análisis sobre la coyuntura que vive el país.

Jaime  Jaramillo Panesso. - Juanpaz.
 
Dijo un poeta: “Patria, te adoro en mi silencio mudo/ y temo profanar tu nombre santo. / Por ti he llorado y padecido tanto/ como lengua mortal decir no pudo. /.... Patria, de tus entrañas soy pedazo.” Y cómo duele una patria con graves heridas y con los miedos que se anclan en los vidriosos ojos de sus hijos. Alas de gallinazos rondan por encima de los discursos que nos pintan mariposas de múltiples colores como señales de prosperidad. Sin embargo hay un telón en el fondo del escenario donde la compañía de artistas y los flautistas de Hamelin cambian de teatro: unas veces se presentan en La Habana con tufo de mojitos y rones en cubalibres, otras recalan en las murallas calientes de Cartagena con voces de coros musicales afrodescendientes para dar la impresión de una afroinclusión. Y otras zapatean sobre el tablado del Teatro Colón de la capital fallida del reino neogranadino.

“Es un desfile de extrañas figuras que nos contemplan con burlón mirar”, como lo cantaba el morocho del Abasto, mientras una ciudadanía se hace preguntas si este es el país que nos legaron los libertadores para sembrar una república con una Constitución y unas leyes que acataríamos todos, dentro del juego limpio de la democracia. Ella dicta el mandato de las mayorías y el respeto a las minorías, pero siempre con la esperanza de ser una nación donde el cóndor de los Andes no fuera un malhechor con un AK47 disfrazado del ave simbólica, sino una población de hombres y mujeres que llevaran el hierro entre las manos porque en sus cuellos les pesa.
 
Somos todos los humanos herederos de la sabiduría griega, la experiencia de un pueblo y unas ciudades estados que inventaron la democracia, la administración pública y el castigo a los traidores o delincuentes con la pena del ostracismo. Pericles, llamado el primer ciudadano de Atenas, 470 años antes de nuestra era, cuyo busto se encuentra en un museo de Roma, muestra su rostro con una mirada profunda, nariz recta y una barba ensortijada. Estratega, orador y virtuoso gobernante cuyos logros dieron nombre al Siglo de Pericles, logros que se centraron en la promoción de las artes y la cultura, iban paralelos con la creación de la fuerza
naval griega.
 
Y Solón, 640 años antes de nuestra era, poeta, reformador y estadista quien portaba el título insigne de ser uno de los 7 sabios de Grecia. Solón defendió a los campesinos libres que caían en la esclavitud, por las deudas contraídas con los eupátridas, aristócratas griegos de Ática y grandes terratenientes.
Pericles y Solón son figuras que traspasan los siglos porque  hicieron honor a su mandato y dieron testimonio de vida para su pueblo. Mantuvieron la antorcha de la democracia que evoluciona hasta la época nuestra.
 
El creador de nuestra nación, el Libertador Simón Bolívar, el genio que libró las batallas por la independencia de cinco repúblicas, hijo de Caracas y padre de la Gran Colombia, está sometido en estos años de populismo chavistoide, a una extraña resurrección en manos de antropólogos y politólogos graduados en la magia de la mutación. Los clérigos de la catequesis inventada por Mao Tse Tung y Don Carlos Marx, convierten a un Bolívar, que fue liberal, racionalista e hijo de la Ilustración, en un socialista del siglo XXI. Y lo han pintado de nuevo hasta el punto de ser irreconocible en su porte de general de un ejército de llaneros, campesinos y unos pocos patriotas alfabetos. Esos eran los soldados de la libertad que derrotaron al ejército imperial.
 
Rescatemos el Bolívar que a la pregunta de cuál era el título que más le gustaba de los varios que ostentaba, tales como Libertador, Presidente, General y otros. Bolívar contestó: el título que más me satisface es el de ciudadano. ¿Qué significaba esa respuesta para tan simple y sencilla ubicación social y política? Significaba lo que nos falta en la generalidad de los habitantes de este suelo para quienes ser ciudadanos es tener cédula de ciudadanía y basta.
 
Ser ciudadano es mucho más que tener una cédula y un número de identidad. Ante todo, un ciudadano es una persona que reconoce pertenecer a un estado de derecho y en consecuencia respeta la ley y exige que las autoridades que lo gobiernan sean legítimas en su mando, sin piratas cibernéticos y sin militares infiltrados en las campañas electorales. Que sean honestos en el manejo de los bienes públicos.
 
Un ciudadano es un sujeto que participa de la política, es decir, que elige y acepta o rechaza ser elegido, pero ejerce su derecho en cualquier instancia. Un ciudadano es aquella persona que se opone a las manipulaciones de los gobernantes, que se declara en resistencia civil y se manifiesta como ofendido por las malas autoridades. Un ciudadano es el habitante, mayor o menor de edad, que propende por la convivencia
entre su comunidad, que no confunde la paz con la convivencia, que defiende el medio ambiente y proclama que las armas y la justicia solo deben estar en manos del estado. Un ciudadano es, en fin, un ser humano que se porta de manera civilizada, aporta para fortalecer el estado y exige que el estado, a través de sus gobernantes, lo proteja de los violentos, de las calamidades y de los enemigos de la democracia y sus libertades.
 
Necesitamos ciudadanos cultos que distingan lo que es patria y lo que es fanatismo patriotero.
 
Amar la patria es la más sencilla de las virtudes ciudadanas. Pero la más honda en sentimiento y pertenencia. 

En una reciente asamblea de animales convocada por el presunto rey de la selva para analizar los resultados de un plebiscito zoológico, el mico o mono aullador dijo: estamos jodidos. La guacamaya de cien colores exclamó: me siento ofendida. El manatí dijo: si lo cojo, lo ahogo en el río. El caimán de cola encrespada gritó: no hay a quien creerle. Le llegó el turno al conejo y dijo: Señores: a mí me ofrecieron un cargo en la fábrica de mermelada. En fin, cada especie habitante de la selva expresó su asombro o descontento por el irrespeto a lo votado y aprobado por la comunidad zoociudadana. Faltaba el jaguar o tigre americano con sus
cuadrículas negras sobre fondo dorado en su piel. Este dijo: estamos ganados, señoras y señores, porque somos mayoría. Entonces rugió y mostró sus colmillos y la cédula.
 
La enseñanza de esta fábula es clara: no hay derrota si se tiene la voluntad, la verdad política y el amor de patria. La lucha en la selva es tan dura como entre los humanos, salvo cuando un bando está armado con fusiles y con tráfico de drogas. El gobierno está obligado a derrotarlo.
 
En un país democrático no es aceptable ni tiene futuro una fuerza rebelde armada.
 
Las fuerzas desarmadas la componen los ciudadanos cuyas armas son el voto y la palabra. En estas horas de zozobra y engaño, hagamos nuestra la frase del beisbolista y bateador Baby Ruth: no puedes vencer al que nunca se rinde. Repito: no puedes vencer al que nunca se rinde.
 
-------He dicho