Lo que significa el Nobel de la Paz

Ramón Pérez-Maura                                      

En el mundo árabe, cuando ganó Obama no había ninguna guerra activa y hoy hay cuatro: Siria, Irak, Yemen y Libia

CUALQUIERA sabe que un prestigio bien ganado puede perderse. El premio Nobel de la Paz sin duda lo tuvo. Para empezar, porque desde su primera concesión en 1901 ha habido muchos años en que no se ha otorgado. Unas veces, por estar en marcha las guerras mundiales. Otras, explícitamente, por no haber nadie merecedor del galardón, como fue el caso en 1948, 1955, 1956, 1966, 1967 y 1972. Un galardón que es declarado desierto es algo verdaderamente serio, porque las posibilidades de desprestigiarlo con ganadores inconvenientes son infinitas. Pero desde la década de 1990 el prestigio del Nobel de la Paz empezó a declinar. Primero fue en 1992, cuando se le otorgó a Rigoberta Menchú, la guatemalteca cuya autobiografía estaba plagada de mentiras, como demostró David Stoll y difundió David Horowitz. Eso al Comité Nobel le importó una higa.

La cosa empeoró en 2007, cuando obtuvo el premio Al Gore. Ya era raro que lo recibiera siete años después de haber abandonado un cargo público de cierta relevancia como es el ser vicepresidente de los Estados Unidos. Por su propia naturaleza, no es la posición de «el que más manda», pero casi. Aun así, no fue su labor desde el poder la premiada, sino la que hizo después, con «sus esfuerzos para crear y diseminar un mayor conocimiento del papel humano en el cambio climático y por sentar las bases de las medidas que hay que adoptar para contrarrestar ese cambio».

Vamos, que le dieron el Nobel de la Paz por un vídeo precioso. Pero cuestionable. Entre otras cosas, por el calentamiento al que contribuye el propio Gore con el uso de aviones privados o el elevadísimo consumo de electricidad y calefacción de energías fósiles de sus domicilios privados, especialmente del que poseía en Tennessee cuyo calor desperdiciado bastaba para hacer funcionar las cocinas de los McDonald´s de medio mundo. Su documental «Una verdad inconveniente» fue cuestionado hasta en los tribunales. Un juez británico prohibió enseñarlo en los colegios si no iba acompañado de una explicación sobre las falsedades que en él se decían. Pero todo eso le daba igual al Comité Nobel, al que lo que le importaba de verdad era reivindicar al político que había sido derrotado por el malo, malísimo, que ocupaba la Casa Blanca: George Bush.

Pero la cosa todavía podía mejorar. Al fin y al cabo, Al Gore, aunque un héroe de la izquierda internacional, era un derrotado. Había que demostrar que se le daba el Nobel a un triunfador. Ya se lo habían otorgado a Jimmy Carter, pero, dado lo catastrófico que había sido su periodo presidencial, tuvieron la precaución de esperar hasta veintidós años después de que saliera de la Casa Blanca. Así que creyeron que con Barack Obama les había tocado la lotería y le dieron el premio por llegar. Literalmente por no haber hecho nada, que es lo que en el terreno de la paz había hecho en 2009. Fue una medida prudente. Porque ahora que está a punto de dejar el Despacho Oval –y algún mérito debe tener él en que sus compatriotas hayan elegido presidente a Donald Trump– su balance en el terreno de la paz es revelador. En una región del mundo en la que el papel de Estados Unidos es muy activo, como es el mundo árabe, cuando ganó Obama no había ninguna guerra activa y hoy hay cuatro: Siria, Irak, Yemen y Libia. Eso es fomentar la paz. Y no consta que el Comité Nobel noruego se haya arrepentido. Más bien están orgullosísimos.
ABC, Madrid, diciembre 10 de 2016.