Y dicen que la economía va bien…

Seguir vendiendo la idea de una prosperidad futura basados en depender del petróleo, o de la inversión extranjera, o de los billones proyectados para la infraestructura es peor que un engaño.

por Juan Manuel López Caballero - Dinero.com

La historia reciente del manejo de nuestra economía no parece tan admirable como nos lo quieren mostrar.

El modelo ‘globalizador’ basado en que deberíamos producir para los mercados internacionales (TLC, etc.) fracasó totalmente.

Siguiendo las directrices del Consenso de Washington, se realizaron ajustes, se adelantaron privatizaciones, se desreguló el sistema financiero, etc., pero el resultado fueron crisis recurrentes cada vez más profundas. Bajo Andrés Pastrana tuvimos el único año de crecimientos negativos desde el crack del 29, y hoy completamos 5 años de persistente disminución en el aumento del PIB (2013:4,9%; 2014:4,4%; 2015:3,1%; 2016:2%).

Desde que implantamos el modelo exportador solo hemos tenido balances negativos de la Balanza Comercial.

Acabamos en una dependencia del petróleo para mantener la ilusión de ese modelo exportador, lo que se nos convirtió en la ‘enfermedad holandesa’, acabando con todo el sector creador de riqueza (industria, agricultura).

Parece que nunca se hubiera siquiera estudiado la historia y las perspectivas del mercado petrolero: la Opep había logrado un equilibrio entre la capacidad de producción y la demanda; a su turno Estados Unidos tenía bajo control sus necesidades, importando alrededor de 10 millones de barriles diarios, y pudiendo almacenar para emergencias hasta un billón de barriles.

Las guerras del Medio Oriente (Irak, Irán, Kuwait) cambiaron el panorama: vino el alza del precio; Estados Unidos subió su cupo de almacenamiento a 2 billones de barriles (y por primera vez lo usó), y se lanzó a buscar su autosuficiencia; desarrolló la técnica del fracking y pronto logró su meta; hoy puede producir excedentes.

La baja de precios buscando que el precio del barril sea inferior al costo de producirlo por fracking es la respuesta de los productores tradicionales a esta situación.

El hecho hoy es que la extracción potencial está muy por encima del consumo, y que la tendencia tanto de la oferta como de la demanda es a bajar el precio. De ahí el intento del mes pasado de pactar unas cuotas de producción para que el precio no cayera más. Esta solución quedó a medias porque los países no suscribientes del pacto incrementaron en la medida de sus limitadas capacidades su participación.

Colombia, amarrado a la suerte del hidrocarburo, no tuvo la posibilidad de aprovechar la coyuntura, justamente por ser un país sin petróleo; y como dueños de crudos pesados, el costo de extracción (sin hablar de la refinación) es mayor, y con el precio menor, el descalabro de los precios se acompañó de la disminución en la producción. La expectativa de alcanzar el millón de barriles diarios cuando se transaba a más de US$100 terminó en que hoy no llegamos a 800.000 barriles (caímos hasta 680.000) y se cotiza por menos de la mitad.

El Plan de Desarrollo del Gobierno bajo la dirección de Planeación por Simón Gaviria no tuvo en cuenta los escenarios aquí descritos y se montó sobre la idea de que llegarían las compañías petroleras a invertir en Colombia gracias al proceso de Paz; ni el crecimiento ahí planteado se dio –estimado en 4% pero a duras penas alcanzó 2%–, ni tiene respaldo la idea de que el crecimiento está garantizado con las inversiones en infraestructura.

Porque por lo arriba señalado ni tenemos los recursos previstos, ni hoy es atractivo Colombia como país para la inversión.

Las famosas concesiones de 4G ya licitadas dependen de lograr en un año el cierre financiero. Pero ninguna entidad ve atractivo el país con las incertidumbres en la economía y lo que pudiera suceder con el ‘Proceso de Paz’. Menos ahora con los recientes escándalos.

Nunca se contempló, como varias veces dolosamente lo afirmaran, que la venta de Isagen tuviera un objetivo diferente al de destinarse para las obras de infraestrutura, pero con ese engaño se capitalizó el Fondo Nacional de Infraestructura para que, fortalecido con esa inyección, pudiera captar en los mercados internacionales e intermediar lo que no podían conseguir los concesionarios directamente. Así el riesgo corre por cuenta de la Nación y de la capacidad de endeudamiento que logre.

El Gobierno divulga unos indicadores económicos que, según sus funcionarios, hacen de Colombia un país envidiable. Pero no convence fácilmente la ínfima disminución del desempleo cuando seguimos siendo y muy de lejos quien mantiene el más alto de la región; igual sucede con los índices de desigualdad, o con el cubrimiento en salud, cuando se pide a gritos la reforma, o con las inauguraciones de proyectos con 10% de lo que se promete; y la lógica aprobación de calificadoras de riesgo o del FMI por seguir sus instrucciones solo garantiza lo que a ellos interesa. Seguir vendiendo la idea de una prosperidad futura basados en depender del petróleo, o de la inversión extranjera, o de los billones proyectados para la infraestructura es peor que un engaño. Peor que depender de un ciego que no quiere ver es aspirar a que un mal se corrija sin reconocerlo.