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Desilusión


 

Semana.com

Ni las víctimas han sido el centro del acuerdo ni los exguerrilleros rasos el centro de la reintegración. ¿A dónde se está yendo la plata de la implementación?


Según el jefe de la misión de la ONU , Jean Arnault, solo el 45% de los exmiembros de las Farc están hoy en los espacios de reincorporación. Buena parte de ellos, de acuerdo con el propio Arnault, se han ido “desilusionados” por el incumplimiento del Estado.

La verdad es que en este primer año del acuerdo del Teatro Colón, el centro de la discusión no ha girado en torno a la reintegración como tampoco alrededor de las víctimas y sus derechos. Engolosinados con el futuro de un centenar de dirigentes de las Farc, ni el gobierno ni la oposición ni los propios jefes de la guerrilla se han centrado en lo que de verdad debería importar para garantizar una paz estable y duradera.

Por eso, si yo fuera exguerrillero raso también estaría desilusionado con lo que está pasando. Desilusión sentiría sabiendo que mientras Timochenko se pinta el pelo y se gasta cerca de mil millones de pesos en el último año en transporte aéreo de La Habana a Bogotá, más de 13 mil hombres y mujeres andan al garete por todo Colombia sin planes de reincorporación definitivos.

Desilusión por ver cómo por lo menos 125 mil millones de pesos se van a quedar en las arcas de Naciones Unidas, sin concurso o licitación, según lo dicho en estos últimos días por parte del investigador Daniel Rico, que además se cuestiona por qué Colombia pasará a ser, de buenas a primeras, el primer y más importante patrocinador de la burocracia internacional de la ONU.

Desilusión porque mientras el gobierno sostiene que ya ha pagado tres mesadas a unos 10 mil excombatientes como parte de su renta básica mensual, no tiene ni idea si le está consignando a nuevos miembros de bandas criminales o si le paga sueldo a individuos que ante la falta de seguimiento del Estado y el abandono de sus antiguos jefes o reclutadores, pueden estar en situación de alto riesgo y vulnerabilidad.

Desilusión porque, al final, lo único que terminó importándole a líderes históricos de las Farc como Iván Márquez o Jesús Santrich es asegurarse una curul en el Congreso para ellos y las viudas o compañeras sentimentales de los miembros del secretariado. ¡Vaya transformación y apertura en la política la que proponen!

Pero si los exguerrilleros sienten desazón frente a sus jefes, al Estado y a la propia ONU, qué dirán las víctimas del conflicto que en este año que ha transcurrido han visto a sus victimarios participando en política sin haber pisado el Tribunal Especial de Paz; sin haber aportado verdad o reparación. Qué pueden pensar si nunca se volvió a hablar de los bienes con los que supuestamente serían resarcidas por tanto daño que les fue causado.

Me da mucha pena pero las víctimas, hasta ahora, no han sido el centro de ningún acuerdo y han pasado a un segundo plano en esta etapa de la implementación.

Obviamente, como diría Pambelé, es mejor ser rico que pobre; es mejor tener calladas miles de armas a tenerlas en los campos colombianos causando muertes. Es mejor, sin duda, que el hospital militar esté vacío a que haya soldados mutilados o heridos. Pero no por ello podemos soslayar que con la implementación se ha hecho politiquería desde Bogotá y plata desde las ONG’s, fundaciones y organismos multilaterales mientras a las víctimas y a los exguerrilleros (muchos de ellos también víctimas, por cierto) se les está poniendo sistemáticamente conejo.

Este primer año genera inevitablemente la sensación de que estamos en realidad frente a un acuerdo de élites que ha dejado por fuera a quienes en el papel deberían estar en la primera línea de preocupación; un acuerdo para garantizarle impunidad y beneficios a unos pocos y exclusión y olvido a todos los demás. Ni paz ni estable ni duradera. Por ahora, solo desilusión.

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