Populismo y la Antipolítica

Por: Luis Miguel Romero @lromero2021

Internet y específicamente las redes sociales han cambiado el escenario comunicacional imperante prácticamente desde la invención de la imprenta. Los ciudadanos, quiénes eran ostentadores de un papel pasivo de simples receptores de información, han visto con estas plataformas una oportunidad de convertirse en emisores de mensajes, en creadores de matrices de opinión, en jueces de toda causa y en expertos de cualquier tema.

En este ecosistema ha venido tomando relevancia la «antipolítica» como modus vivendi. Una actitud ciudadana, más o menos generalizada, de considerar a la clase política como una élite desvinculada con los intereses de la sociedad y ávida por una refundación de los sistemas políticos, siendo bandera en mayor medida –aunque no exclusivamente– de sectores de la izquierda radical.

En Latinoamérica el predominio de paradigmas demagógicos en las instituciones políticas como el clientelismo, el particularismo o el neopatrimonialismo, conducen en cierta medida a una «despolitización» de la vida pública, lo que puede devenir en la evolución de populismos autoritarios basados en el oxímoron de «políticos antipolítica» e incluso «gobiernos antipolítica», intentándose con esto abolir, al menos discursivamente, el juego político tradicional, para no ser percibidos como actores políticos sino como parte de un pueblo que lucha por las reivindicaciones.

En otras palabras, los populismos emergen desde el caldo de cultivo del sentimiento de la antipolítica, por lo que no es extraño observar cómo gobiernos de este corte toman un papel dual: por un lado, ejerciendo efectivamente el poder, mientras que por el otro, simbólicamente, se asumen como una disidencia, ocupando ambos espacios e intentando lograr la hegemonía comunicacional de ambos sectores (poder y descontento), en una especie de «exacerbación hiperdemocrática» que utiliza el discurso de indignación social y a los excluidos como razón de existencia.

El populismo se fortalece por la expectativa popular de alcanzar (real o ficticiamente) el poder, jugando siempre con representaciones del imaginario antisistema, aunque paradójicamente el propio actor populista esté inserto en él. En este sentido podríamos decir que existen cuatro rasgos fundamentales para identificar a un actor populista:
1. Nosotros “El pueblo”.

Discursivamente tienden a polarizar a la sociedad en dos partes: Las «élites», demonizadas y representadas por los partidos tradicionales, los sectores del establishment e incluso, por clases sociales altas; mientras que el «pueblo», donde se inserta, se asume como los indignados, la «antipolítica», los pobres y todos los que no se consideren en la primera categoría.

Esto hace que la dinámica política aparezca como una especie de film de Hollywood con la lucha del protagonista contra el antagonista, dado por sentado su propia benevolencia implícita. En este caso tenemos ejemplos como las catalogaciones discursivas al expresidente Rafael Correa (Ecuador) que los llamaba “pelucones”, al finado Hugo Chávez (Venezuela), que los denominaba “escuálidos” o “burgueses”, y a Pablo Iglesias (España) que los tildaba como “casta”.
2. Igualitarismo perceptivo.

En contraposición con el elitismo de la política tradicional, el populismo busca liderazgos carismáticos que perceptivamente se asocien con las clases mayoritarias para motivar la exacerbación emocional de sus seguidores e incluso hacerlos operar por dogmas de fe. En este sentido, la operacionalización de los partidos y gobiernos de este corte otorgan un papel simbólico a la autoorganización social para empoderarlos y dotarlos –real o ficticiamente– con cuotas de poder y así mantener el control indirecto en las poblaciones menos favorecidas.
3. Disciplina militante.

A pesar de que los populismos se venden como verdaderos adalides democrácticos, exigen a sus seguidores fe ciega frente a sus decisiones. Esto conlleva necesariamente a un escenario de solidaridades automáticas que silencian –desde todos los frentes– las voces de la disidencia, generalmente minoritaria.
4. La culpa de terceros.

El discurso populista no asume –ni puede asumir– al ciudadano como víctima propiciatoria de sus propias

Incluso los gobiernos de corte populista, como los 15 años de mandato de Chávez, atribuyen los fracasos a terceros, bien sea el sistema capitalista, la situación de «ingobernabilidad» que rige la separación de poderes, a los anteriores gobiernos, a la oposición o a cualquier institución o sector que se contraponga a sus ideales. Aunque la violencia retórica, la radicalización ideológica –o aparentemente basada en ideología– y el proceso de satanización de la disidencia no ocasiona directamente daños físicos, propios del pragmatismo del ejercicio de la violencia, esta podría propender a incentivar ataques mediante el uso de la fuerza legítima-correctiva por parte de las instituciones de seguridad del Estado o de los partidarios del populista- demonizador como un medio manu militari de lucha contra el antagonista creado discursivamente.

Este proceso no solo busca una identificación social con relación al poder y el objetivo de obtener obediencia, sino también crear un culpable –histórico o actual– de los desaciertos gubernamentales en ejercicio, bajo distintas tipologías de falacias argumentales, con el fin de distraer la atención y alejarse de la culpa directa de las cuestiones que afecten a sus seguidores. Así, los gobiernos más recientes de América Latina dan cuenta de la actual vitalidad del populismo y de su resurgimiento desde liderazgos carismáticos, como han emergido en Latinoamérica con Hugo Chávez, Cristina Fernández, Rafael Correa, Evo Morales, Andrés López Obrador, entre otros. Sin embargo la pandemia está extendiéndose en otros predios, tal es el caso de Podemos en España, el triunfo del «Brexit» en Reino Unido, la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, el crecimiento de Marie Lepen en Francia, de Geert Wilders en Países Bajos y el gobierno del presidente filipino Rodrigo Duterte. El populismo funciona para ganar, y lo hace muy bien.

El populismo se nutre de la misma soberbia moral y ánimo de revanchismo del propio juego político e incluso lo exacerba. A la postre utiliza atajos maniqueístas tácticos exigiendo la cooperación de todos –demonizados y adeptos– para alcanzar sus objetivos y al recibir críticas acusa a la disidencia de generar estado de ingobernabilidad, causante de sus fracasos.

Por estas razones, el populismo si bien es una fórmula efectiva de crecimiento y mejoramiento perceptivo de un actor político (candidato, partido y/o gobierno), no es más que una forma de hacerse con el poder por veredas y caminos menos inclinados, una especie de express-way para hacerse con el poder y perpetuarse en él, proponiendo cambios dudosos y una regeneración de la clase política y de las dinámicas que solo aparecen en los lemas de una campaña.

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